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La Pascua en Hipona

Con un poco de imaginación podemos contemplar en nuestra mente las circunstancias en las que san Agustín pronunció los sermones 227 y 272. Ambos tuvieron lugar durante la liturgia de la mañana del Domingo de Pascua. Entre las paredes de la basílica Pacis de Hipona aún resuena el canto del aleluya que la noche anterior han cantado cientos de voces llenas de júbilo en la solemne vigilia pascual; las baldosas rojas y blancas de la capilla bautismal están aún húmedas por los numerosos bautismos que se han llevado a cabo la noche anterior en presencia del obispo y de diversos ministros quienes, tenue y misteriosamente alumbrados por unas lámparas de aceite, han sido testigos del nuevo nacimiento de los neófitos.

Todos los presentes a la celebración pascual han venido con un gran júbilo, y de entre ellos se destacan los neocristianos, pues, según la costumbre de la primitiva iglesia, han venido vestidos de blanco –y lo harán a lo largo de toda la semana de Pascua, la semana in albis– y ocupan los puestos de honor en esta celebración pascual matinal. Han terminado los ayunos, las penitencias, y para los neófitos han quedado atrás los exorcismos. Comienza ahora para todos, neófitos y cristianos “viejos”, un tiempo especial de júbilo y alegría.

Todos están de pie, pues no hay bancos dentro de la basílica, aunque algunas mujeres mayores se acurrucan cerca de las columnas y se reclinan sobre burdas esteras de esparto que han traído de casa, pues su devoción es mayor que su debilidad. Todos los ojos están puestos en el obispo de Hipona quien, ataviado con sus amplios ropajes festivos, ha escuchado atentamente la palabra de Dios, y en estos momentos levanta la mano como los antiguos oradores clásicos para pedir silencio y llamar la atención, y se dispone a comenzar su sermón.

Unidad

En el rostro de Agustín se adivina el cansancio y las huellas de la labor desempeñada la noche anterior. No obstante su ánimo se encuentra bien dispuesto y así lo manifiesta el vigor de sus imágenes y la dinámica ampulosidad de sus gestos, que no de su voz, pues en ella se percibe el tono ronco y quebradizo de quien ha hablado mucho la noche anterior y hoy debe también hacerlo; sus carraspeos son constantes, pero el vigor de sus ideas no deja de seducir a sus oyentes.

A lo lejos, como una molesta y constante cantinela, se escuchan los cánticos de la basílica donatista. Ellos también celebran la Pascua, aunque no lo hacen en la comunión con la Católica. Agustín comienza su sermón y no puede olvidar el tema de la unidad y de la comunión. Ese canto, como un hiriente murmullo lejano, se lo recuerda.

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