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Revueltas, guerras y revoluciones en la tierra de san Agustín

El pasado 14 de enero lo pregonaban las agencias de prensa: Biserta, la más antigua y europea de las ciudades de Túnez, era presa del saqueo. Es lo que pasaba en todo el territorio tunecino, y empezaba a extenderse en otros países del área. Habrían sido muy actuales las exclamaciones que resonaron en esa misma ciudad hace exactamente 1600 años: “¿A quién no le gusta la concordia? Pero es de lamentar que sea algo tan raro: todos la elogian, pero son poquísimos los que la practican”.

Quien así hablaba el año 411 era un obispo de fuera, invitado a la inauguración de la catedral de Biserta. Aquel prelado era Agustín, obispo de Hipona, entonces Hippo Regius, a quien había invitado Florencio, obispo de Biserta, que en aquel tiempo se llamaba Hippo Diarrhytus. Hoy día cada una de estas ciudades está en una nación: en Argelia la primera, y en Túnez la otra. Pero las dos han sido siempre importantísimos puertos del Mediterráneo. Quizá por eso ambas ciudades están hoy hermanadas.

Obviamente, Agustín no preveía los disturbios actuales. Simplemente él enunciaba una constante del corazón humano, y una constante también de la tierra del norte de África donde él había nacido y vivió casi toda su vida. Hoy es la revolución tunecina; en el momento en que habla Agustín son los enfrentamientos entre católicos y donatistas, así como otras divisiones dentro de la Iglesia. Y, al final de su vida, serán los vándalos, que asolaron todo el norte de África. Y luego los árabes; y después, otros y otros.



Conferencia de Cartago (junio 411). Debate de san Agustín con los donatistas, de Charles-Andrés van Loo (1705-1765).
El sentido de la Historia

A las primeras páginas de la prensa mundial han venido, con sus actuales nombres árabes, muchas de las poblaciones por las que san Agustín pasó, donde él vivió incluso. Las ruinas romanas que quedan en muchas de ellas, empezando por Cartago y la propia Hipona, dan mudo testimonio de la historia humana de siempre, entretejida de luchas, injusticias, odios y revueltas. Desde lo más profundo del corazón humano, desde la raíz de la fe cristiana, se levanta nítida y poderosa la voz de Agustín, que explica el sentido de la historia y señala la meta adonde la humanidad se dirige, que no es otra que Dios.



Así era el Norte de África en el siglo V, en tiempos de san Agustín.
San Agustín volvió a Biserta otra vez, al menos, con motivo de la última enfermedad y muerte de su amigo el obispo Florencio, el año 419. Tuvo que presidir el funeral en la misma catedral que había inaugurado, pero esta vez la emoción apenas le dejó pronunciar unas palabras.

Fueron unas palabras de consuelo, que encierran la clave explicativa de todos los avatares humanos, de todas las revoluciones, incluída la de los jazmines: “Buscáis, hermanos, que yo os consuele, pero también yo estoy necesitado de consuelo. Y nuestro común consuelo no puede venir de hombre alguno, sino de Aquél que hace al hombre, porque sólo el que hace rehace, y sólo el que creó puede recrear”.

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