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Pentecostés: plenitud del tiempo Pascual

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 9 de junio, Solemnidad de Pentecostés

La solemnidad de Pentecostés señala la plenitud del tiempo pascual. En Pentecostés celebramos que la Pascua de Jesús se realiza también en nosotros, se nos comunica. Si solo se hubiera dado la resurrección de Cristo y su ascensión al cielo, solo Jesús se habría salvado, solo él habría vencido el pecado y la muerte, solo él obtendría el beneficio. Pero como fruto y consecuencia de su resurrección y ascensión al cielo, Jesucristo comunicó el Espíritu Santo a sus discípulos, y al dárselo, compartió con ellos su propia victoria. Por el don del Espíritu Santo los creyentes quedamos unidos a Cristo y así morimos con él para resucitar con él. El don del Espíritu es la comunicación a los creyentes de la nueva vida del Resucitado. 

Veamos cómo lo enseña san Pablo en la segunda lectura de hoy, que es un pasaje de la Carta a los romanos. Pablo comienza con una afirmación tajante: Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Quienes viven sometidos a sus pasiones y entregados a sus vicios no pueden agradar a Dios, porque esos tales, con su conducta, se destruyen a sí mismos y destruyen a los demás. Esas pasiones e inclinaciones son la ira, el egoísmo, la lujuria, la codicia, la pereza, la soberbia y otras fuerzas que nos arrastran para realizar acciones que nos destruyen. Y Dios no nos hizo para que nos destruyéramos, sino para crecer en santidad y alcanzar la vida eterna. Por eso, quienes han recibido el Espíritu Santo, dice Pablo, ya no pueden seguir en esa forma de vida. Tienen en sí mismos el principio que los capacita para una vida ordenada y santa. Ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes. Quienes viven en santidad, guiados por el Espíritu, buscan la verdad, son honestos en el trato, son humildes y sencillos, son generosos y saben perdonar, son castos y saben gobernar su sexualidad, actúan con moderación y son diligentes para cumplir con su responsabilidad.

Efectivamente, Jesús, antes de morir en la cruz, en sus enseñanzas últimas a sus discípulos según el evangelista san Juan, instruyó a sus discípulos y les dijo claramente que una vez que él hubiera resucitado, rogaría al Padre para que enviara otro Consolador para estar siempre con ellos. Ese Consolador es el Espíritu de la verdad. El Espíritu Santo no solo es el continuador de la obra de Jesús, es, digamos, el ejecutor de la obra de Jesús en cada uno de los discípulos.

Una consecuencia del Espíritu en nosotros es precisamente la capacitación para una vida recta y santa. Pero la segunda consecuencia, de mucho mayor alcance, es la posibilidad de compartir la misma resurrección de Cristo. Si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, entonces el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus cuerpos mortales, por obra de su Espíritu, que habita en ustedes. El Espíritu Santo en nosotros es la fuerza capaz de vencer el poder de la muerte en nosotros, es la semilla de vida eterna que nos habilita para resucitar con Cristo cuando nos sobrevenga la muerte corporal.

Pero la fuerza del Espíritu en nosotros no es un poder coercitivo que anula nuestra libertad. El Espíritu Santo nos ha liberado de la esclavitud al pecado y además nos da la fuerza interior para vivir en santidad. Por eso, no somos esclavos de nuestras pasiones de modo que forzosamente debamos vivir en pecado; el Espíritu Santo nos ha liberado de esa esclavitud y nos capacita para vivir en santidad. Pero, por otra parte, el Espíritu Santo tampoco anula nuestra libertad de modo que sea imposible volver a pecar. Es más que evidente que quienes hemos sido bautizados y confirmados podemos dejarnos arrastrar una vez más por las pasiones. No estamos sujetos al desorden egoísta del hombre para hacer de ese desorden nuestra regla de conducta. Pues, si ustedes viven de ese modo, ciertamente serán destruidos. Por el contrario, sin con la ayuda del Espíritu destruyen sus malas acciones, entonces vivirán.

Una tercera consecuencia del Espíritu Santo en nosotros es la nueva identidad que nos da como hijos adoptivos de Dios. Puesto que el Espíritu Santo en nosotros nos hace uno con Cristo, nos incorpora espiritualmente a Cristo, nos hace un solo cuerpo con Cristo, unidos a él nosotros adquirimos por participación su identidad como hijos adoptivos de Dios. Los que se dejan guiar por el Espíritu, esos son hijos de Dios. No han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que los haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios. Una consecuencia de esa nueva identidad es que nos convertimos en herederos de la vida eterna que el Padre comparte con sus hijos.

El Espíritu Santo también realiza otras obras en nosotros que no están mencionadas en este pasaje de san Pablo. El Espíritu Santo crea ese ámbito de luz y verdad al que nos incorporamos por el bautismo y ser así miembros de la Iglesia. El Espíritu Santo en nosotros nos capacita para la oración y la comunicación filial con Dios. El Espíritu Santo nos capacita para dar testimonio de Jesús y de su evangelio y ser así anunciadores de la buena nueva. El Espíritu Santo nos fortalece para saber dar testimonio de Jesús incluso en situaciones de adversidad y persecución. En una palabra, el Espíritu Santo realiza la salvación de Cristo en nosotros.

Por eso este es un día de júbilo y de gozo, de alegría y esperanza. Hoy la pascua de Jesús se cumple en cada uno de nosotros, de modo que podamos vivir con la confianza puesta en Dios. Supliquemos siempre al Padre, que, por mediación de su Hijo Jesucristo, envíe sin cesar su Espíritu en nuestros corazones para que podamos vivir cada día como hijos suyos y alcanzar así la resurrección y la vida eterna.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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