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José Luis Garayoa, frente al dolor y la miseria

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El misionero agustino recoleto José Luis Garayoa personificaba la entrega a los demás por Cristo, desde la alegría y la sencillez de la misión. Fue secuestrado en Sierra Leona y actualmente prestaba un importante servicio a los inmigrantes latinos en El Paso (Estados Unidos), donde ha fallecido el 24 de noviembre.

José Luis Garayoa iba a morir fusilado el 25 de febrero de 1998 a las dos de la mañana en Sierra Leona. El grupo armado revolucionario que le había secuestrado estaba dispuesto a acabar con su vida y la de varios religiosos. Como muchas veces ha contado, en ese momento no tenía miedo, porque confiaba en la misericordia de Aquel que le había enviado hasta África. Solo sentía pena por no tener más tiempo para vivir, para pedir perdón o para abrazar.

Así era Garayoa. Miraba cara a cara al peligro y al terror, batallando para que la justicia y la vida siempre vencieran. Nunca permanecía inmóvil y siempre quería hacer más, porque sufría cuando otros sufrían. En 2011 contaba en su blog cómo se sentía tras la muerte de Musa Lamin Bangura, un pequeño de apenas cinco años víctima de malaria cerebral. “Me doy cuenta de que necesito salir de aquí para poner un poquito de distancia de tanto dolor, de tanta miseria… Pero el dolor y la miseria me persiguen porque quedaron tatuados en mi alma. Y no te puedes esconder, solo tragarte las lágrimas y seguir luchando, preguntándote una y mil veces si no pudiste hacer algo más”.

Miles de niños morían en Sierra Leona y José Luis se acercaba a ellos para estar a su lado. No tenía miedo a la malaria, ni al ébola ni al coronavirus. Solo tenía miedo de que la humanidad sufriera; eso era lo que realmente le dolía. Desde que en 1976 fuera ordenado sacerdote, se entregó por completo a las personas olvidadas por la sociedad. Lo hizo en Ciudad Madera (Chihuahua, México), en la Ciudad de los Niños de Costa Rica, en Sierra Leona -estuvo dos etapas: en 1998 y desde 2004 a 2015-, en Valladolid (España) y ahora en El Paso (Texas, EEUU), donde falleció este martes 24 de noviembre.

Garayoa representaba la alegría de la misión. Cuando recordaba sus años en Sierra Leona o cuando contaba el trabajo que desempeñaba en el Processing Center con los inmigrantes, siempre sonreía. Mostraba en su persona que darse a los demás solo trae la felicidad plena como recompensa. Por eso transmitía la fe con tanto entusiasmo. Él era la Evangelii Gaudium que buscaba a Dios en las periferias existenciales del mundo.

Y lo encontraba. Encontraba a Dios en los descartados, en las personas que le sonreían mientras cargaban su cruz. Garayoa ‘cirineaba’ con todos, porque todos eran Cristo y necesitaban su ayuda. Sus ojos observaron las miserias de las personas, pero la indiferencia no estaba en su diccionario. Sus palabras clave eran cercanía, ayuda, sencillez, alegría y amor.

No era ningún místico, era agustino recoleto. Estaba orgulloso del carisma que vivía, de la Orden que le había acogido cuando era un niño y de la comunidad que le acompañaba en su camino. “La comunidad no la hace el número de hermanos que vivan juntos, sino el cariño que se tienen los que vivan”, decía en una entrevista en esta web. Vivía el carisma al estilo del siglo XXI, sin excusas.

Al hablar, José Luis Garayoa agarraba y sacudía las entrañas. Solo con escucharle surgían preguntas: ¿Quién soy? ¿Qué hago? ¿Qué tengo que hacer? ¿Por qué? Su vida ha sido la misión. Por ello, aunque duele su pérdida, le despedimos con la satisfacción de que su misión ha tenido un gran premio.

Carlos Santana

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