Una palabra amiga

Una experiencia de Iglesia

La ordenación episcopal de nuestro agustino recoleto Víctor Villegas ha sido, en sus distintos momentos de guión a lo largo de los días 15 y 16 de octubre, una fiesta del pueblo de Dios. La Iglesia, dice san Agustín, es una madre vieja y joven; vieja por sus arrugas de muchos y trabajosos años; joven porque sigue fecunda dando a luz hijos día tras día.  En las celebraciones de Chota y Cutervo se ha revelado esta realidad: pueblo fiel que camina con su Pastor.

Hago mención de los momentos que he percibido como signos  más claros de Iglesia en estas dos jornadas vividas en la Sierra andina. El primero, la recepción que se hizo a monseñor  Víctor acompañando su entrada desde el comienzo del pueblo  hasta  llegar a la plaza central en multitudinaria caravana;  una hora caminando calle arriba a ritmo fuerte, en procesión alegre compuesta por multitud de jóvenes, niños de todos los colegios, maestros, adultos, vítores, saludos desde los balcones, todos cantando y caminando juntos en torno al Pastor que llega a su  pueblo.

A continuación se brindó a monseñor una recepción en la plaza central por parte de autoridades en la que hubo discursos y entrega de las llaves de la ciudad. La gente sencilla junto con las  instituciones  mostraron allí la alegría de tener al nuevo Pastor en el corazón de su ciudad, la Plaza de Armas, y le brindan su colaboración. Seguidamente, ya de noche,  el pueblo ingresó a la inconclusa pero esbelta catedral para disfrutar de aquel recinto sagrado y reluciente, que es su nueva casa eclesial; acuden a la catedral para escuchar la profesión de fe que fray Víctor  emite ante los fieles.

El gran acontecimiento  eclesial fue el celebrado el sábado 15 de octubre en el coso taurino de Chota, catedral de arena por tercera vez. Cuando la larga procesión de sacerdotes y obispos ingresa a la plaza, hermosamente  arreglada para la circunstancia, suenan solemnes las voces del coro entonando el gradual de Lucien Deiss: “Pueblo de Reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios, bendice a tu Señor”. Es lo que pide esta liturgia de  rito grande. Los graderíos a rebosar, el altar espléndido, el colorido vibrante como de una mañana de fiesta,  el júbilo en los rostros, la  música en tono mayor, los comunicadores de Santa Mónica Radio en sus puestos, y más de una lágrima resbalada  en los semblantes.  El  cardenal José Luis Lacunza, OAR preside la eucaristía de consagración acompañado por los obispos anteriores de la Prelatura,  Emiliano Cisneros, Carmelo Martínez y el último, Fortunato Pablo, junto a un presbiterio compuesto por 16 obispos y 85 sacerdotes. Tras un silencio expectante inició su homilía con este pregón: ¡”Víctor, no tengas miedo!”. Murmullos, aplausos y ovación inicial. La feligresía vibró en los tendidos y también abajo, en la arena donde estaban los fieles más cercanos a la familia del padre Víctor y a los agustinos recoletos. La emotiva celebración tuvo  su cierre con aire taurino; en efecto, el Arzobispo consagrante remató el acto con estas palabras: “Víctor, ¡suerte, vista y al toro!”.  A continuación  el nuevo obispo dio una vuelta al ruedo bendiciendo a los fieles que le vitoreaban desde cada uno de los tendidos luciendo los emblemas de colegios, comunidades, caseríos, parroquias, y  grupos cristianos.

Al día siguiente, domingo, monseñor Víctor con larga comitiva se desplazó  a Cutervo,  segunda capital de su prelatura, donde se repitieron las escenas de acogida, acompañamiento y fervor popular. La misa,  multitudinaria y cálida. Tan cálida que el padre general Miguel Ángel  Hernández, en sus palabras de despedida dijo al nuevo obispo: “Víctor, viendo cómo son estas gentes y de qué forma estiman a su obispo, te hago una propuesta: Tú te vas a Roma y yo me quedo aquí”. Recuerdo que ya en la calle, cuando acudíamos a ver las obras de la nueva catedral de Cutervo que, por cierto, se alza hermosa y  avanza a ritmo de paso serrano,  un grupo de señoras con traza  campesina me dijo: “Padre, al monseñor lo vamos a seguir y a cuidar”. Sin duda, toda una versión serrana de sinodalidad.

Me limito en estas letras a las acciones más emblemáticas del ser Iglesia relacionadas con el pueblo de Dios. Pero, en verdad, también hubo iglesia muy palpable –la pequeña, la del detalle, la del cuidado, la iglesia con minúscula- en la cercanía entre todos los sacerdotes y obispos, iglesia joven a ritmo de bailes típicos protagonizada por las JAR en Chota y Chiclayo, iglesia recoleta con la presencia de las Fraternidades OAR y de miembros de nuestros colegios y parroquias, iglesia en la sencilla y amigable  comunidad que íbamos tejiendo entre los obispos y los religiosos recoletos a lo largo de kilómetros de autobús y horas de convento, iglesia en servicio en las mil deferencias y atenciones que las comunidades de Chota, Chiclayo y Cajamarca dispensaron para acoger con finura agustiniana  a  los huéspedes visitantes. ¡Gracias!

Ni baño mediático, ni maniobra de populismo, ni efecto de sugestión de masas. El  pálpito de la calle y la voz de los campesinos de esta periferia andina lo que revela es una firme fe en Jesucristo  vivida con sentido de comunidad que camina tras el Pastor. Lo que se ha vivido ha sido  una fiesta de Iglesia participativa y joven que sigue dando hijos. Una reflexión: estos pueblos gozan de notable  modernización y gustan hasta el exceso de la publicidad sugerente.  Pues bien, al salir de Cutervo vi en un establecimiento un anuncio a pleno voltaje que deçía: “Tu vida necesita un impulso”. Y pensé: Hoy día,  en algunos países, no periféricos sino selectos, la Iglesia católica parece estar fría, inerte, aislante, teórica…  Me aplico el anuncio cutervino: la ordenación de monseñor Víctor ha sido un  impulso para mi vida. Una experiencia de Iglesia.

Lucilo Echazarreta OAR

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