Una palabra amiga

No somos cosechadores

En su obra 17 cuestiones diversas sobre el Evangelio de San Mateo, san Agustín nos habla de los buenos cristianos: 

Buenos católicos son aquellos que mantienen íntegra la fe y las buenas obras. En cuanto a la doctrina de la fe, si en ellos surge alguna duda, tratan de aclararla evitando cualquier controversia peligrosa, tanto para el que busca la solución como para aquel a quien se consulta, y también para los que puedan escuchar la discusión. Si se les ha encomendado la tarea de enseñar alguna doctrina, tratándose de verdades del dominio común y ya confirmadas, las imparten con seguridad, firmeza y con toda la dulzura de que son capaces. Si, en cambio, se trata de temas no comunes, aunque para ellos sea una verdad del todo clara, tienen en cuenta la debilidad del auditorio, y lo enseñan como quien está en búsqueda, más bien que como maestro que asegura y que impone”. 

El texto continúa, pero vale la pena hacer un alto y tomar nota de lo importante que es transmitir la doctrina con toda la dulzura de que somos capaces. Y, cuando sabemos que, entre quienes nos escuchan, hay personas que apenas están en búsqueda, jamás debemos asegurar e imponer, sino abrir el apetito, provocar hambre de Dios, contagiar con palabras suaves y frases cortitas el deseo de conocer a Dios y recibir la caricia de su Misericordia. 

“Si se da el caso de que una verdad tiene tal dificultad que excede las fuerzas del discípulo, se debe suspender hasta que haya madurado su capacidad; no suceda que la carga impuesta aplaste a quien todavía es como un párvulo. A esto aluden las palabras del Señor: Cuando venga el Hijo del hombre, ¿crees que encontrará fe en la tierra? A veces habrá que ocultar algunas verdades, pero infundiéndoles ánimo y esperanza, para no aumentar su desaliento, sino para que el deseo de aprender ensanche su capacidad. El mismo Señor se refería a este punto cuando dijo: Tengo muchas cosas que deciros; pero no podéis con ellas por ahora”. 

Qué grande es Agustín que nos da seguridad al transmitirnos confianza en la tarea de evangelizar. Nos dice que no todos están preparados para escuchar algunas verdades. Necesitamos dejarnos guiar por el Espíritu Santo para enseñar a cada quien lo que es capaz de recibir, y sobre todo aquello a lo que es capaz de responder en congruencia con la voluntad de Dios. Poco a poco, las cosas pequeñas, los primeros pasos, el calostro, la semilla, poquita sal, poquita miel. Hay personas que están hundidas en cosas contrarias al amor y la vida, ya sea por ignorancia, debilidad, miedo, llevados por las prisas y urgencias, movidos por el instinto de supervivencia. Y ¿Qué hacemos? No escandalizarnos, sino comprender, esperar, acompañar, dar una probadita del amor misericordioso de Dios. 

“Mas en lo referente a la conducta, las enseñanzas son muy claras y breves: hay que luchar contra el amor a los bienes temporales, para no hacernos sus esclavos; debe estar domado y sujeto, y así cuando intente levantarse, sea fácilmente reprimido y hasta extirpado, de modo que no nos perturbe de forma ninguna”. 

Para transmitir el amor al Evangelio de Jesús, el amor confiado e incondicional a Dios, la fe en nuestro Señor, es muy importante ser libres de todo apego a los bienes materiales. Así, todos: ricos y pobres, sanos y enfermos, solitarios e híper sociables, sabrán que esa libertad con la que vivimos es síntoma de haber sido testigos de que Dios da todo gratis a sus amigos mientras duermen, que nuestro tesoro es el Amor, que nuestro mayor deseo es el bien, la belleza y la bondad, que nuestra riqueza es la verdad de la vida eterna y que en ella vivimos y hacia ella vamos. 

Esta libertad se antoja. En cambio, los apegos a los bienes materiales repelen a quienes quieres corregir o transmitir la fe, porque no ven congruencia, sino hipocresía. “¿Quién es tu Dios?”, se preguntan. “¿El dinero o el Creador del que tú hablas?”. 

“De aquí se sigue que el hecho mismo de morir por la verdad, algunos lo afrontan con valentía, otros con paz y otros con alegría. Estas tres actitudes son los tres frutos de la tierra fértil: el treinta, el sesenta y el ciento por uno. A la hora de la muerte, el que piense pasar dignamente de esta vida a la otra, deberá encontrarse en alguno de estos tres niveles”. 

Con este último párrafo termina el cuatro párrafo de la cuestión 11. En el párrafo 6 de la misma cuestión, nos advierte que no somos nosotros, los hijos de la Iglesia quienes debemos quitar cizaña y recoger la espiga: 

“Una misma realidad puede tener muchas y diferentes semejanzas para obtener significados diversos. En concreto aquí, cuando se dirige a los trabajadores, no dice: Cuando llegue el tiempo de la cosecha os diré a vosotros: recoged primero la cizaña, sino: diré a los cosechadores. De aquí podemos deducir que la recogida de la cizaña para mandarla al fuego es un encargo diferente, y que ningún hijo de la Iglesia debe pensar que es competencia suya”. 

Hasta aquí hemos recibido dos lecciones muy importantes: cuando hablemos de las cosas de Dios, es necesario hablar con dulzura. Esto no significa “actuar” dulzura, sino que, la dulzura emane del co- razón enamorado de Dios. Junto con la dulzura, está la prudencia para dar a cada quien según la etapa en la que se halla, sin atiborrar de órdenes, reglas y mandamientos, sino más bien acariciar con amor de Dios el alma de quienes nos escuchan y Dios hará el resto, la conquista total de su corazón, a través, no sólo de nosotros, sino de muchos otros cristianos que encontrará a lo largo del camino y que sin conocerse se pasan la estafeta al comunicar la Misericordia de Dios y su promesa ya cumplida de vida eterna. 

La segunda lección es ratificar nuestra confianza en Dios al no pretender nosotros arrancar la cizaña. Torpemente, algunos lo han hecho, no sólo en las peores acciones de la Edad Media, sino en la vida cotidiana de millones de parroquias dispersas por todo el orbe, de las que salen expulsados cientos de personas que se sintieron excluidas, juzgadas, no bienvenidas, ni amadas. Dios nos quiere a todos con Él porque a todos nos ha creado. 

Tere García Ruiz 

(Artículo publicado en la revista ‘Santa Rita y el Pueblo Cristiano’)

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