Hay lugares que no solo educan, sino que sanan, transforman y generan esperanzas. Ciudad de los Niños, obra de los Agustinos Recoletos en Costa Rica, es uno de esos lugares. Allí, la fraternidad y la fe se traducen en educación, acompañamiento y presencia constante. Quienes llegan, no solo encuentran un albergue o una escuela: encuentran un hogar donde volver a creer.
Costa Rica | Miércoles 11 de junio 2023 | Redacción Oficina de Comunicación.
Un espacio seguro donde volver a empezar
“Aquí en Ciudad de los Niños queremos que los jóvenes tengan un espacio seguro donde puedan desarrollarse y lograr el sueño con el que llegan”, afirma Fray Eduardo Chávez, uno de los responsables de la misión.
La mayoría de los jóvenes que llegan a Ciudad de los Niños lo hacen desde situaciones de extrema vulnerabilidad: carencia económica, afectiva, social. Allí se les ofrece una formación académica y técnica sólida, pero también un entorno emocional, familiar y espiritual que los acoge y los impulsa a soñar.
Un modelo educativo que transforma
“Aquí no solo formamos estudiantes, formamos personas”, explica Claudia Gómez, miembro del equipo docente.
En Ciudad de los Niños se apuesta por una educación integral: clases, talleres, actividades deportivas, artísticas y recreativas, pero también escucha, contención y afecto. Como expresa con claridad Hannia Cortés, coordinadora del equipo:
“Aquí construimos sueños, transformamos vidas, somos luz para nuestros muchachos. Y no solo cambiamos su vida: también la de sus familias y comunidades. Porque cuando se van, se convierten en agentes de cambio.”
La familia que no tuvieron
Una de las riquezas de este proyecto es su modelo de residencias, donde los jóvenes viven acompañados por formadores. Noelia Solano, del equipo de acogida, lo explica con claridad:
“Cuando vamos a las casas de los chicos, las mamás nos dicen que al entrar en Ciudad de los Niños… se ganaron la lotería.”
En este modelo de vida compartida, los chicos experimentan por primera vez algo muy parecido a un hogar, con normas, afecto y vínculos sanadores. La convivencia, como dice el joven Deyner Martínez, “es emocionante porque cada día es un mundo diferente”.
Estar, más que decir
“Ser agustino recoleto aquí es eso: estar cerca”, explica con sencillez Fray Ednando Ribeiro.
Lejos de grandes discursos, los religiosos viven su vocación con presencia y fraternidad, compartiendo alegrías y tristezas, celebraciones y tropiezos. La clave está en acompañar, escuchar y creer en ellos, como lo expresa también Ivana Zúñiga:
“Escucharlos, no cerrarles las puertas, estar siempre para ellos… porque vienen con una historia muy marcada.”
Educar es dejar huella
“Aquí cambiamos vidas. Aquí dejamos huella”, resume con convicción Claudia Gómez.
En Ciudad de los Niños, cada palabra de aliento, cada gesto de cariño, cada oportunidad ofrecida, se convierte en una semilla de futuro. Para muchos jóvenes, esta obra es la única oportunidad de vivir con dignidad, de descubrir su valor, de reconstruir su historia.
Un hogar donde comienza la esperanza
Ciudad de los Niños no es un proyecto asistencial. Es una casa donde Dios se hace presente en lo pequeño, donde la fraternidad se hace carne y donde el Evangelio se predica sin palabras, con presencia. Es el rostro vivo de la caridad agustiniana en la Costa Rica de hoy.

