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San Jerónimo y San Agustín: una amistad por encima de las diferencias

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En esta Palabra Amiga, Fray Alfonso Dávila nos invita a descubrir la amistad entre San Jerónimo y San Agustín. Una relación sincera, con diferencias y debates, pero siempre sostenida por el respeto, la caridad y la búsqueda compartida de Cristo.

Una amistad por encima de las diferencias

Hoy celebramos a San Jerónimo, y quiero compartir una reflexión sobre su relación con otro gran santo: San Agustín. A veces se habla de ellos como si hubieran sido enemigos acérrimos, pero nada más lejos de la realidad. Si bien tuvieron sus roces y desacuerdos, lo cierto es que les unía algo mucho más profundo: la esperanza y el deseo de compartir a Cristo en todo lugar. Su correspondencia y su trato muestran una amistad sincera, un diálogo honesto lleno de caridad, que puede inspirarnos incluso hoy.

Una amistad forjada en el cariño y el respeto

Cuando uno lee las cartas que intercambiaron Agustín y Jerónimo, salta a la vista el afecto profundo y el respeto mutuoque se tenían. Jerónimo, por ejemplo, comienza una carta dirigiéndose a Agustín con mucha ternura, llamándolo “verdaderamente santo y muy bendito padre” y diciéndole que le envía saludos “con una singular calidez de afecto”. Agustín le responde con la misma cercanía fraterna, refiriéndose a Jerónimo como “mi hermano muy amado” y expresándole su deseo de estar cerca de él como quien conversa con un amigo íntimo. Estas no son las palabras de dos rivales amargados, sino de dos hermanos en la fe que se estiman de verdad.

Ambos santos tenían claro que sus intercambios epistolares debían servir para edificar en la fe, no para pelear. En sus cartas se dicen explícitamente que ojalá sus debates y consultas sirvan para profundizar juntos en la Escritura, “sin herirnos”, y no para generar polémicas vacías. Es decir, desde el principio acordaron dialogar con honestidad pero siempre con caridad fraterna, buscando la verdad pero cuidando el uno del otro. ¡Qué gran ejemplo de discusión respetuosa nos dan!

Admiración y aprendizaje mutuo

Otro aspecto hermoso de esta relación es el reconocimiento del don intelectual del otro. A pesar de ser ambos hombres brillantísimos, no caían en celos ni desprecios. Jerónimo admiraba la inteligencia y la profundidad espiritual de Agustín. En una carta llega a decirle algo así como: “Te admiro, te respeto y te defiendo como algo propio… nuestro objetivo común es el avance del entendimiento”. Se nota que Jerónimo veía en Agustín a un compañero de camino, alguien de quien también podía aprender.

Agustín, por su parte, elogiaba la erudición de Jerónimo, especialmente su trabajo incansable de traducir la Biblia al latín (lo que hoy conocemos como la Vulgata). Le escribe reconociendo la necesidad de esa gran traducción directa de las fuentes originales. De hecho, Agustín le pide a Jerónimo una copia de su traducción de la Biblia griega (la Septuaginta) al latín, alabando implícitamente su calidad, para “librarnos –dice– de las versiones poco fidedignas” que andaban circulando. En otras palabras, Agustín confiaba en el talento de Jerónimo y consideraba su obra un servicio enorme para toda la Iglesia.

Fíjate qué actitud tan sana: cada uno valoraba el aporte del otro al conocimiento de la Palabra de Dios. No veían al otro como un rival, sino como un don de Dios para la Iglesia. Este mutuo aprecio los ayudó a sobrellevar incluso las discusiones más acaloradas, porque en el fondo sabían que estaban del mismo lado buscando la verdad.

Diferencias sinceras, no enemistad

Por supuesto, no todo fue color de rosa entre ellos. Tuvieron diferencias, algunas bastante serias en su momento. Pero aquí está la clave: nunca dejaron que esas discrepancias destruyeran su unidad en Cristo. Más bien las abordaron con franqueza y, aunque a veces con cierto tono apasionado, siempre con el anhelo de aclarar los malentendidos y mantener la comunión.

Una de las principales controversias surgió por la Biblia. San Jerónimo, experto en lenguas bíblicas, se había dado a la tarea de traducir el Antiguo Testamento directamente del hebreo al latín, en lugar de basarse en la antigua versión griega de los Setenta (la Septuaginta) que la Iglesia usaba tradicionalmente. Agustín entendía la buena intención de Jerónimo —querer más fidelidad al texto original—, pero le preocupaba el impacto pastoral. Temía que introducir lecturas nuevas donde la gente estaba acostumbrada a otra versión pudiera confundir a los fieles. Le decía algo así: “No vayamos a traer algo nuevo que termine escandalizando a las ovejas de Cristo acostumbradas a la antigua versión apostólica”. Agustín incluso llegó a preguntar de forma muy honesta qué tan fiables eran esos manuscritos hebreos que Jerónimo usaba, pues sospechaba (equivocadamente, claro) que quizás los propios judíos hubieran podido alterar algo con el tiempo para contradecir las interpretaciones cristianas. ¡Imagínate la escena! Por un lado, Jerónimo convencido de la calidad de su trabajo, y por otro, Agustín con el corazón de pastor, cauteloso por el bien de su comunidad. Ambos buscaban lo mejor, pero veían el asunto desde perspectivas distintas.

Esta tensión se volvió casi simbólica en un detalle famoso: la discusión sobre la “calabaza” de Jonás. En el libro de Jonás (Jon 4,6), la versión tradicional decía que Dios hizo crecer una calabaza (en latín cucurbita) para dar sombra a Jonás; Jerónimo, al traducir del hebreo, puso que era una hiedra (en latín hedera) u otro tipo de planta trepadora. Agustín se aferraba a la “calabaza” de toda la vida —decía que seguramente los Setenta traductores de la Biblia al griego no habrían elegido esa palabra al azar—, mientras Jerónimo defendía que el término hebreo original no significaba calabazay que había que ser fiel al texto, aunque fuera un tipo de planta diferente. ¡Quién iba a pensar que dos santos se escribirían cartas intercambiando argumentos sobre botánica bíblica! Sí, discutieron hasta por una planta, pero lo importante es cómo lo hicieron: con pasión por la verdad, pero sin perder el respeto. Se enviaron varias correcciones y observaciones al respecto; pudo haber un tono intenso, pero siempre dentro de una corrección fraterna, sin insultos ni desprecio. Ambos comprendían que el objetivo del debate no era ver quién ganaba, sino acercarse juntos a la verdad de la Escritura.

Otro roce notable fue un malentendido con una carta extraviada. Resulta que Agustín le escribió una carta larga a Jerónimo sobre estos temas, pero antes de que llegara a manos de Jerónimo, copias de la carta circularon entre otras personas. Cuando Jerónimo se enteró, parece que se molestó (¡y con razón!), pensando quizá que Agustín había hecho pública su corrección. Agustín, por su parte, se sintió muy apenado y le aclaró enseguida: “Créeme que fue totalmente contra mi voluntad que mi carta llegara a otros antes que a ti; no hubo en mí mala intención”. Le dolía la idea de que Jerónimo pensara que quería dejarlo en ridículo. Jerónimo aceptó la explicación y solo pidió que en adelante sus intercambios no fueran usados para crear discordia. Ambos reafirmaron la importancia de escribirse con libertad y amor fraternal, sin temor a que terceros sacaran sus palabras de contexto. Es decir, cuidaron mucho la confianza entre ellos. Sabían que, sin confianza, cualquier desacuerdo puede convertirse en ruptura, y ellos no querían eso.

Unidos en lo esencial: Cristo y la Iglesia

A pesar de todos estos desencuentros puntuales, tanto Jerónimo como Agustín mantenían la vista en lo esencial. Los dos compartían una convicción: trabajaban por el mismo Señor y amaban a la misma Iglesia. En sus cartas se animaban mutuamente a seguir estudiando y profundizando en la Biblia, pero “sin herirnos” —como dijo Jerónimo—, es decir, sin que el estudio les rompiera la caridad. Más aún, hablaban de su colaboración como de un frente común. Agustín escribió esperando que “nuestro trabajo conjunto sea la defensa de la fe” frente a quienes pudieran malinterpretar su relación. Esto nos indica que los dos santos eran muy conscientes de dar buen testimonio: querían que su esfuerzo combinado, cada uno con sus dones, sirviera para edificar a los demás en la fe y no para dar escándalo de rivalidades o celos. En vez de competir, aspiraban a complementarse.

Al final, la relación entre San Agustín y San Jerónimo nos deja un mensaje claro de unidad en la diversidad. Tenían personalidades distintas (Jerónimo a veces era más explosivo; Agustín, más sereno), venían de trayectorias diferentes, y no siempre opinaban igual en temas bíblicos o pastorales. Pero supieron dialogar con apertura. Como se diría hoy, practicaron un verdadero diálogo cristiano: ese en el que uno puede expresar lo que piensa con sinceridad, escuchar lo que el otro dice aunque no se esté de acuerdo del todo, reconocer lo valioso del otro y, sobre todo, mantener vivo el amor fraterno durante la discusión. Ninguno intentó aplastar al otro ni descalificarlo personalmente; al contrario, se reconocían como hermanos que buscan la misma Verdad.

Un modelo para hoy

La correspondencia entre estos dos Padres de la Iglesia muestra que la verdadera amistad cristiana puede sobrellevar desacuerdos teológicos sin romperse. Jerónimo y Agustín lograron combinar caridad y franqueza de un modo admirable: se tuvieron un enorme respeto y cariño, se elogiaban mutuamente, y al mismo tiempo no temían debatir con honestidad incluso los puntos más difíciles. Y todo con la mirada puesta en servir a Cristo y a la Iglesia.

¿No es este un ejemplo maravilloso para nosotros, en nuestros tiempos? Vivimos en una época donde es fácil entrar en discusiones acaloradas (¡basta ver las redes sociales!) y donde a veces las diferencias nos separan. Estos dos santos nos enseñan que es posible dialogar sin perder el amor. Nos invitan a reconocer el valor del otro, a no caer en el chisme ni en la descalificación cuando no pensamos igual, y a buscar siempre la unidad en lo esencial. Nos recuerdan que discutir ideas no tiene por qué significar falta de respeto o enemistad; al contrario, puede ser una oportunidad de crecer juntos si se hace con humildad.

En este día de San Jerónimo, celebrando su entrega a la Palabra de Dios, recordemos también esta preciosa amistad entre él y San Agustín. Que su ejemplo nos inspire a todos a tener conversaciones más sinceras y a la vez más llenas de caridad. Que aprendamos de ellos a tener un corazón abierto, dispuesto a escuchar y a corregir(se) con amor. Al final, tanto Jerónimo como Agustín querían lo mismo: que Cristo fuera conocido y amado en todo lugar. Esa meta compartida los mantuvo unidos. Que también nosotros, compartiendo la esperanza en Cristo, sepamos mantenernos unidos incluso cuando no estemos de acuerdo en todo.

San Jerónimo y San Agustín, dos grandes santos que nos muestran que la verdad y la caridad deben ir de la mano. Su amistad nos deja una lección de oro: “La unidad no significa uniformidad, y la diferencia no tiene por qué llevar a la división cuando nos une el amor de Cristo.” Que podamos vivir esto en nuestras propias relaciones, siempre con la ayuda de Dios.

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