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Arte y testimonio: una imagen para honrar a Santa Magdalena de Nagasaki

Este óleo sobre lino de 140 x 160 centímetros representa el terrible suplicio de la hoya que sufrió Santa Magdalena de Nagasaki, patrona de la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta. La obra, ubicada en la Curia General de los Agustinos Recoletos en Roma, se encuentra justo al salir de la sala del Consejo General, como si acompañara a los frailes en cada decisión, recordándoles que el martirio cotidiano y la comunión con los laicos son pilares de una familia religiosa que busca anunciar a Cristo. Más que una imagen, es una alegoría viva del martirio y de la fe como entrega total.

Fray David Conejo, agustino recoleto y autor de la obra, abre con este cuadro una ventana al alma de la mártir japonesa. Pero también comparte algo más: su propio camino vocacional, su amistad espiritual con Magdalena, y una visión artística profundamente teológica. Esta es la segunda vez que la representa: “Magdalena y yo teníamos la misma edad: yo al pintarla, ella al morir. Eso me unió a ella espiritualmente”, confiesa. Ese primer encuentro fue mucho más que una inspiración estética.

Aquel primer cuadro me ayudó a conocerla, a mirarla y a dejarme mirar por ella. Me abrió una puerta interior que no esperaba.”

Este segundo cuadro nace de esa relación madura y orante.

Pintar a alguien que ya conozco. Una amiga espiritual que me acompaña en el camino. Este cuadro es un homenaje, pero también una conversación de alma a alma, un acto de amor y fidelidad”, explica fray David.

La experiencia no fue solo técnica: “Me ha llevado a rezar más, a aprender de su fortaleza y a dejar que ella me enseñe a mirar el dolor con serenidad, sin desesperación.”

Alegoría visual del martirio

La nueva obra representa una alegoría del martirio de Santa Magdalena, rica en símbolos que hablan de la fe que ella defendió con su propia vida. Lejos de una mera escena descriptiva, el cuadro es una catequesis visual que asocia el sufrimiento de Magdalena con la pasión de Cristo. Su cuerpo imita la posición del Crucificado, recordando que todo mártir se une a su Redentor.

Sus manos, en un gesto antiquísimo tomado de la tradición clásica, expresan la Palabra y la bendición: con ese gesto, la santa habla de Cristo, por quien ofrece su vida, y bendice tanto al espectador como a sus verdugos. Una mirada firme, serena y a la vez doliente, sostiene el eje espiritual de toda la escena.

A ambos lados de la composición, los personajes que rodean a Magdalena expresan diversas actitudes ante el sufrimiento del inocente:

  • A la derecha, se encuentra fray David retratado con su hábito agustino recoleto, evocando la presencia del Padre con la mirada elevada y del Espíritu Santo en sus manos en forma de paloma. A su lado, Alejandro, el otro autor de la obra, aparece en oración, enfrentado al soldado de rojo sin ojos, símbolo del Maligno cegado por el orgullo.

  • A la izquierda, tres verdugos sostienen a Magdalena antes del tormento: uno mira al cielo buscando un bien ilusorio; otro, vestido de blanco y rojo, representa la crueldad indiferente; y el tercero, con túnica púrpura, duda y abre la puerta a la conversión.

En un rincón, un personaje sin rostro representa al espectador: es la invitación directa al compromiso o a la indiferencia. La obra interpela y llama.

Otro detalle poderoso es el pozo de aguas cristalinas en el que va a ser sumergida: no como reflejo del horror, sino como símbolo del bautismo y del paso de la muerte a la vida en Cristo. Finalmente, en su mano, Magdalena sostiene un rosario de nudos, evocando su oración constante y la presencia de María, Reina de los Mártires, durante su pasión.

Un legado para la Orden… y para la Iglesia

Desde la experiencia del autor, este cuadro es también una profecía en lienzo, una predicación que nace del pincel, la fe y la contemplación.

“Todo santo nos debe remitir a Cristo. Aunque no se le pinte directamente, en el cuadro tiene que estar su presencia”, afirma fray David.

La obra se encuentra instalada en la Curia General de los Agustinos Recoletos en Roma, y se convierte en una imagen de referencia para esta santa joven, laica y mártir, patrona de la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta. Forma parte de un proyecto más amplio que busca seguir dotando de iconografía sólida y contemporánea a figuras centrales del carisma agustiniano.

Una mirada que atraviesa el tiempo

De todos los personajes, solo Magdalena mira fijamente al frente. Su rostro refleja serenidad y dolor. La hoya —pintada como de aguas limpias— evoca el bautismo: la mártir, sumergida en la muerte, resurge a la vida eterna. En su mano, el rosario de nudos, símbolo de María, Reina de los Mártires, y de las oraciones que Magdalena elevaba a Dios.

Este óleo, lejos de ser una representación pasiva del sufrimiento, se convierte en un lenguaje visual que evangeliza. La figura de Santa Magdalena de Nagasaki sigue viva en la historia de la Orden, en el testimonio de tantos laicos que como ella se entregan en la vida cotidiana, y en obras como esta que invitan a la contemplación y a la conversión.