El descanso estival, y el tiempo ordinario nos brindan una excelente oportunidad para preparar el terreno de la vida espiritual; para sembrar, amar, recolectar y mimar nuestra relación con el Amado, para vivir en plenitud.
El hermoso libro del Cantar de los Cantares es una alegoría, una metáfora continuada, de una profundidad y una sensibilidad sublimes, tanto que inspiró a San Juan de la Cruz en su obra Cántico Espiritual. Ese amor desgarrado y puro, que tan poéticamente nos ilustra el Cantar, puede ser una buena inspiración para comenzar el curso espiritualmente hablando.
“Buscaba al amor de mi alma. Lo buscaba y no lo encontraba”.
La actitud necesaria para todo comienzo, también para el “recomenzar” es la búsqueda. Los versos inspirados del Cantar reflejan, desde la apariencia de un amor terrenal entre un hombre y una mujer, el amor que palpita entre Dios y la Iglesia. “Me levantaré y rondaré la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré el amor de mi alma”. Y la búsqueda precisa de una activación, para el encuentro gozoso, hay que ponerse en marcha.
La acción de buscar conecta con el “salir de tu tierra”, de Abrahán. Con lo que en psicología y entrenamiento actual se denomina “abandonar la zona de confort”. Es necesario romper con las inercias y rutinas. Y transitar hacia lo desconocido. En la vida espiritual encontrarnos un año más, un ciclo litúrgico más, en el mismo punto significa, más que estancamiento, retroceso. El alma debe buscar el contacto con el Amado, el trato con Jesús.
Siguiendo la lógica del Cantar de los Cantares, hay que dejar atrás la ciudad: “me encontraron los centinelas, que hacen ronda por la ciudad”. El encuentro espiritual exige traspasar fronteras, las puertas de nuestra ciudad: “en cuanto los hube pasado, encontré el amor de mi alma”. Y el encuentro tan deseado conlleva un abrazo, al Dios de la vida. Una vez que se tiene, no se puede soltar: “lo abracé y no lo solté, hasta meterlo en mi casa”.
Porque la vida del cristiano es siempre un viaje. Un movimiento. Una acción.
En el Cantar de los Cantares, el amor nos lleva a rebasar las puertas y fronteras, fuera de la ciudad, mientras que, para Santa Teresa de Jesús, el camino es hasta el interior, pasando por las distintas moradas, hasta alcanzar la última, el alma misma, en el encuentro con el amado. También, en el pensamiento de San Agustín, “la verdad habita en tu interior”. No se trata de caminos distintos, sino de explicaciones diferentes de un mismo viaje, el de la Fe.
“Yo soy para mi amado, y mi amado es para mí”. Una vez que hemos emprendido el viaje, y superado nuestra realidad limitada, el amor lo embriaga todo. La vida es para el Señor, porque el Señor lo llena todo. En efecto, la fe colma todas nuestras necesidades y completa todos nuestros huecos. No necesitamos nada más. Esa suficiencia, propia del amor pleno, es signo de felicidad. Y nos apunta una pista: la satisfacción no depende de tener muchas cosas. Está relacionada con el desapego de lo material. Y con el optimismo.
Sí, el optimismo. Porque la actitud positiva ante la vida, en general, es una característica propia del cristiano, y un signo de Resurrección verdadera. La idea es que nuestro estado de felicidad es tan grande, es tan poderosa nuestra plenitud espiritual, que los elementos negativos son algo accesorio, que podemos relativizar con facilidad. El amor auténtico nos lleva a ese estado de optimismo.
Y entonces, ¿porqué recaemos? ¿Por qué vivimos episodios de pesimismo? Porque nuestra fe y esperanza se nublan ante acontecimientos cotidianos que nos causan rechazo. Pero nuestros enfados deberían ser una llamada de alerta de que nuestro amor primero, nuestro enamoramiento vital, nuestra fe, están heridos. Son signos de que hay que regresar a la oración auténtica y descarnada. En la confianza absoluta en Aquel que todo lo puede.
El amor que embelesa, que nos ofrece la lectura del Cantar, es un amor integral que lo transforma todo.
Proponemos el ejercicio de regresar a la lectura de sus bellas páginas, especialmente cuando nos sintamos con desazón y malestar, para calibrar el amor en nuestra vida. Amar en plenitud lleva a la felicidad, de manera que las situaciones que nos conducen a la tristeza, aunque sea pasajera, deben ser pasadas por el filtro del corazón. La estrategia es regresar al “Cantar”, como lo hacemos al “Himno a la Caridad”.
Buscar y encontrar. Traspasar las puertas de la ciudad y rebasar nuestra zona de confort. Ponerse en marcha y viajar. Adentrarse hasta la última morada y vivir el amor recíproco y pleno. Todas estas actitudes son propias de los comienzos y de los “recomienzos”. El tiempo ordinario en la liturgia es un tiempo propicio para sembrar; ya vendrá después el tiempo de la recolección. Por ello sembremos semillas de amor, con los demás, pero también en el terreno de nuestra vida espiritual. Cuidemos, mimemos nuestra relación con el Amado.

