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El Domingo del Buen Pastor

La reflexión de Mons. Mario Molina, OAR sobre el Cuarto Domingo de Pascua, Domingo del Buen Pastor.

Es el cuarto domingo de pascua. Lo conocemos como “Domingo del Buen Pastor”, pues en la misa de hoy leemos siempre un fragmento del capítulo 10 del evangelio según san Juan, en el que Jesús se designa a sí mismo con ese título. Así comienza el pasaje que se ha proclamado hoy: En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: Yo soy el buen pastor. Es asombroso cómo se le aplican a Jesús imágenes diversas sacadas del mundo de las ovejas y los pastores. El viernes santo leíamos el texto de Isaías que comparaba a Jesús como cordero llevado a degollar, como oveja ante el esquilador. Juan el Bautista lo llamó Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, pues, así como la sangre del cordero pascual libró a los israelitas de la muerte, así la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado y nos abre el camino a través de la muerte a la vida eterna. Jesús contó la parábola del pastor que sale en busca de la única oveja que se le perdió, aunque tenga noventa y nueve al resguardo; y veladamente se comparaba con ese pastor compasivo que no quiere que ninguna oveja se le pierda, como Dios tampoco quiere que ningún pecador perezca.

En este pasaje de hoy, Jesús se designa buen pastor porque da su vida para proteger a su rebaño del ataque de los lobos. Jesús ha dado su vida en la cruz; ha sido glorificado en su resurrección. Doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Este es el mandato que he recibido del Padre. Jesús subraya cómo su voluntad respalda su muerte en la cruz. Ese sacrificio no fue un accidente inevitable, una confabulación de la que Jesús no se pudo librar. No. A través de todas las estratagemas humanas para matar a Jesús, se realizaba su voluntad de dar su vida por nosotros.

Nosotros, unidos a Jesús por la fe, el bautismo y la eucaristía, morimos místicamente con él y resucitamos espiritualmente con él. De ese modo su muerte y resurrección ya dan forma pascual a nuestras vidas. Así vamos dando muerte al pecado en nosotros y el Espíritu Santo nos va santificando y vivificando. De ese modo, nuestra muerte, cuando llegue, pondrá sello al proceso de muerte al pecado y el proceso de resurrección espiritual operante en nosotros, llegará a su plenitud en Dios. San Pedro declara esto mismo con otras palabras al final de la primera lectura de hoy: Ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como salvador nuestro.

Jesucristo es único. No es cierto, como dicen algunos, que todas las religiones son iguales, que todas conducen igualmente a la salvación, que no es necesario anunciar a Jesucristo, que debemos dejar que cada uno practique la religión en la que creció. Es verdad que no debemos imponer nuestra fe a nadie por la fuerza; pero debemos proponer a todos con claridad cuáles son los motivos de nuestra esperanza y por qué decimos que solo Jesús puede ser nuestro salvador. Yo lo afirmo porque solo él venció la muerte con su resurrección; solo él estableció una forma de vida humana en Dios más allá de la muerte; solo él nos ofrece compartir con nosotros esa victoria para que nosotros en él venzamos nuestra propia muerte. Por eso podemos decir con confianza que para los que creemos en Dios la vida no termina con la muerte, sino que se transforma. Pero eso solo lo podemos decir unidos a Jesús. Quien piense que Jesús es solo un maestro de moral para enseñarnos a vivir en paz y justicia puede también pensar que las enseñanzas de Jesús se parecen a las de los maestros de otras religiones. Pero es que Jesús no solo un maestro de moral. Lo es. Pero ante todo y sobre todo es el salvador que ha destruido el poder de la muerte para que tengamos vida eterna desde ahora y para siempre. Y además ha muerto en la cruz para que tengamos perdón de nuestros pecados y reconciliación con Dios.

Por eso, podemos decir con san Juan en la segunda lectura de hoy: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no solo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Es decir, no se trata de solo un nombre, de una etiqueta que se nos pone cuando nos bautizan. Sino que el bautismo produce tal transformación en nuestro ser, que ya no somos hijos de Adán marcados por el pecado y abocados a la muerte sin remedio, sino que somos hijos de Dios llamados a compartir la vida con Dios. Ahora de modo secreto, oculto, místico. Pero después será de modo patente, manifiesto, corporal. Ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Sabemos que, cuando él, Cristo, se manifieste al final de los tiempos, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Estas son palabras que infunden esperanza, que abren horizontes de luz, que revelan nuestra identidad, nuestra vocación, nuestro destino. Esto solo es posible en Cristo Jesús.

El único buen pastor es Jesucristo. Pero en la Iglesia, a través del sacramento del orden, Jesucristo elige y consagra hombres para que actúen en su nombre y para que él siga siento pastor en la Iglesia a favor de los hombres mortales y pecadores. Este es un domingo para orar por las vocaciones sacerdotales: para que el Señor suscite en el corazón de muchos jóvenes el deseo de consagrarse a él para que Jesús siga pastoreando su Iglesia por su medio. También debemos orar por aquellos que ya recibieron el ministerio sacerdotal, pero atraviesan crisis, dudas, debilidades, de modo que ya no ejercen el ministerio de Jesús con la misma alegría y entrega. Oremos para que recuperen el fervor y la convicción inicial. Y también debemos dar gracias por aquellos pastores que nos han conducido a Dios y a Jesús, por aquellos pastores a través de quienes la palabra de perdón de Dios nos ha limpiado y la promesa de vida eterna nos ha iluminado.

Oremos por los sacerdotes enfermos, por los que han fallecido durante esta pandemia que son muchos. Pidamos también por los seminaristas que se forman para ser sacerdotes y por sus formadores en el seminario, para que sean dóciles a la gracia de Dios. Actualmente hay en el seminario dieciséis seminaristas originarios de esta Arquidiócesis que se preparan para el ministerio. Dos apenas comienzan, uno está para terminar su proceso formativo que dura ocho años. Oremos para que crezcan en espiritualidad, en identidad con Jesús, y en deseo de servir como Jesús. Y que Jesús sea siempre nuestro buen pastor.

Mons. Mario Molina, OAR

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