En una sociedad apresurada, el Evangelio nos recuerda que el tiempo adquiere sentido cuando se vive en clave de espera activa. En este comentario, Fray Luciano Audisio nos invita a ceñir la cintura, encender la lámpara y abrir la puerta al Señor para que transforme nuestra vida en un banquete de amor.
El sentido cristiano del tiempo
El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre uno de los temas más profundos de nuestra existencia: el sentido del tiempo. Vivimos en una sociedad marcada por la prisa, por agendas llenas, por la sensación permanente de no llegar a todo. ¿Cuántas veces decimos: “no tengo tiempo”? Nuestros días parecen desvanecerse entre las manos. Y, sin embargo, el tiempo —este recurso tan valioso y escaso— es el lugar donde se juega nuestra vida, donde se hace posible la salvación.
¿Cómo recuperar, entonces, el sentido verdadero del tiempo? El Evangelio nos propone una respuesta clara: el tiempo adquiere sentido cuando se vive en clave de espera, en relación, con vigilancia amorosa. Y esa espera no es pasiva ni resignada, sino una espera llena de deseo, de sentido, de fe.
Cinturas ceñidas: listos para la Pascua cotidiana
Jesús comienza con una exhortación contundente: “Tened ceñidas vuestras cinturas”. Esta imagen nos remite al Éxodo, cuando los hebreos, aún esclavos, debían estar preparados para partir hacia la libertad. Era el inicio de la Pascua. Ceñirse la cintura era ajustarse la túnica para caminar con libertad, sin tropiezos.
Hoy también se nos invita a vivir listos para caminar. El Evangelio nos recuerda que nuestra vida no está hecha para el asentamiento, sino para el camino de la libertad. Jesús nos enseña que estamos en el umbral de una gran liberación. Y la clave está en estar preparados para la Pascua cotidiana, para ese paso continuo del miedo a la confianza, del encierro a la apertura, de la esclavitud interior a la libertad del corazón.
Lámparas encendidas: la fe que ilumina en la noche
A esto se añade otra imagen: “Y tened las lámparas encendidas”. La lámpara encendida es símbolo de la fe que ilumina la noche, la luz que no niega la oscuridad, pero permite caminar en ella. La fe es esa luz pequeña, frágil quizás, pero suficiente para no detenerse. Es la certeza de que no estamos solos en la noche.
No temamos salir de la casa, atravesar las sombras, porque la luz de la fe nos acompaña.
Esperar al Amado
El texto continúa con otra imagen: “Sed como aquellos que esperan a su señor cuando regresa de las bodas”. ¿Dónde está ese Señor? Ha ido a celebrar unas bodas. Esta imagen condensa toda la historia de la salvación: Dios está celebrando su alianza con la humanidad. Jesús ha sellado para siempre esa unión, y cuando llegue a su plenitud, Él volverá.
Nosotros vivimos este tiempo como la espera del Amado. Y esa espera transforma toda nuestra existencia: ya no es solo aguardar, sino desear, preparar, abrir el corazón.
El Evangelio dice: “para abrirle apenas llegue y llame a la puerta”. Aquí resuena una promesa del Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo”. Dios no irrumpe forzando nuestra vida, sino que llama y espera. A menudo, los golpes de la vida son también llamadas. Si aprendemos a reconocer su voz, entonces podremos abrir.
El Dios que sirve
Al final, nuestra vida se reduce a ese gesto esencial: abrirle la puerta a Dios. Jesús ha cruzado la muerte para llegar hasta nosotros, pero desea que el encuentro sea libre. Por eso, espera nuestro acto de fe, de confianza, de entrega. Y cuando lo hacemos, ocurre lo impensable: el Señor se ciñe la cintura, nos hace sentar a la mesa y Él mismo nos sirve.
Esta es la gran revolución del Evangelio: Dios no es un amo que exige, sino un Dios que ama sirviendo. Jesús rompe todas las imágenes religiosas de poder para revelarnos un Dios humilde, cercano, servidor.
La venida como ladrón: una sorpresa de amor
Y aún hay una imagen más desconcertante: Jesús compara su venida con la de un ladrón. Es una afirmación que puede incomodarnos, pero en la lógica del lenguaje bíblico no es contradictoria, sino complementaria. Sí, Dios respeta nuestra libertad. Nos deja hacer ese último gesto de abrir la puerta. Pero, al mismo tiempo, no nos abandona a nuestra suerte.
Dios viene también con audacia, como un ladrón, para salvarnos. Irrumpe en nuestra vida incluso cuando no lo esperamos, incluso cuando estamos dormidos o distraídos. Porque su amor no se resigna a nuestra indiferencia. Nos sorprende, nos despierta, nos toma por sorpresa, para arrancarnos del lugar donde estamos estancados.
Una espera vigilante y amorosa
Por eso, nuestra vida está llamada a ser una espera activa, vigilante, amorosa. Una espera no de temor, sino de deseo. Una espera en la que el corazón se mantiene despierto, porque no ha perdido la esperanza.
Que este Evangelio nos ayude a vivir con las cinturas ceñidas y las lámparas encendidas. Que sepamos esperar al Señor, no con ansiedad, sino con confianza. Que sepamos reconocer su voz, aunque llegue como un susurro o como un golpe inesperado. Que no dejemos apagar la lámpara de la fe. Y, sobre todo, que nunca olvidemos que el Dios en quien creemos es Aquel que se hace siervo, que entra en nuestra casa y transforma nuestra vida en un banquete de amor.


