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La puerta estrecha: dejar entrar a Dios en nuestra ciudad interior

En este comentario al Evangelio, Fray Luciano Audisio reflexiona sobre la puerta estrecha como signo del paso pascual que nos transforma desde dentro, purificando nuestra “ciudad interior” y llevándonos hacia la Jerusalén de Dios.

Jesús pasando por ciudades y aldeas

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús “pasando por ciudades y aldeas” (Καὶ διεπορεύετο κατὰ πόλεις καὶ κώμας), camino de Jerusalén. No es un dato geográfico sin más. En la Escritura, el “paso” remite a la Pascua (פסח), al tránsito de la esclavitud a la libertad.

Donde Jesús pasa, acontece la Pascua: Dios visita la historia, toca las heridas y abre caminos de vida. También hoy quiere atravesar la “ciudad” de nuestro corazón.

La ciudad en la Biblia

La Biblia narra un gran viaje: desde la ciudad de Caín hasta la Jerusalén celestial. La ciudad, desde sus orígenes, aparece marcada por la ambivalencia: refugio ante el miedo y, a la vez, símbolo de anonimato, autosuficiencia y violencia.

Nínive, Babilonia… lugares donde las relaciones se rompen y el hombre se pierde de sí y de los otros.

Pero el Hijo de Dios entra en esa historia herida: recorre nuestras “ciudades”, esos espacios interiores y sociales donde vivimos juntos sin encontrarnos, y las transforma en lugares de comunión.

Al final, la Biblia nos muestra la nueva Jerusalén que desciende del cielo, la morada de Dios con los hombres, el triunfo de la comunión sobre el aislamiento.

La enseñanza de Jesús

Mientras camina, el texto dice que Jesús va “enseñando” (διδάσκων). En la Biblia, enseñar no es transferir datos; es dejar una marca, grabar algo en el corazón y en la mente hasta moldear la vida.

Jesús es el Maestro: su enseñanza es su persona, su modo de mirar, de tocar, de encontrarse, de gastar la vida hasta el extremo. Aprender de Él es dejar que su amor nos rehaga por dentro.

La gran pregunta

Entonces resuena una pregunta que nos habita a todos: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (κύριε, εἰ ὀλίγοι οἱ σωζόμενοι;).

Jesús no responde con números; desplaza el foco y nos invita a entrar por la puerta estrecha (στενῆς θύρας). La salvación no es cuestión de estadísticas, sino de decisión y de camino.

La puerta es estrecha porque deja pasar solo lo verdadero; porque lo que pertenece a la ciudad de Caín —la injusticia, la violencia, la indiferencia, el orgullo de autosuficiencia— no cabe en la vida nueva.

“Obreros de injusticia” (ἐργάται ἀδικίας) no pueden entrar, no porque Dios cierre, sino porque esas obras no son compatibles con el Reino.

La salvación como paso pascual

La salvación es un paso pascual: muerte y resurrección. Entrar en Cristo es permitir que Él grabe su enseñanza en el corazón, que nos transforme desde dentro.

Implica morir a lo que hemos sido antes, a nuestras viejas lógicas de juzgar, poseer, dominar, para renacer al modo de Jesús: servir, reconciliar, compartir.

No se trata de aniquilarnos, sino de purificarnos. En la Jerusalén celestial entra todo lo que en nosotros está herido y, sin embargo, sigue deseando a Dios; todo lo que se parece a Abel, lo pequeño, lo frágil, lo que clama por justicia.

Lo que responde a Caín —la violencia que rompe la comunión, el anonimato que nos despersonaliza— quedará fuera, como piel vieja que ya no puede contener el vino nuevo.

La puerta estrecha en lo cotidiano

Esto no ocurre solo al final de los tiempos. Comienza aquí y ahora. Cada vez que renunciamos a una respuesta violenta, cada vez que elegimos el encuentro por sobre el anonimato, cada vez que pedimos perdón y reparamos, la Pascua acontece en nosotros.

La puerta estrecha toma la forma concreta de lo cotidiano:

  • un diálogo difícil que me atrevo a tener,

  • una reconciliación que dejo de postergar,

  • un tiempo real de oración,

  • una visita al enfermo,

  • una ayuda silenciosa al que no puede devolverme nada,

  • una palabra que sostiene en lugar de destruir.

Preguntas para nuestro corazón

Tal vez hoy podamos preguntarnos:

  • ¿Qué partes de mi “ciudad interior” necesitan la visita del Señor?

  • ¿Dónde hay calles de anonimato, plazas de indiferencia, murallas de rencor?

  • ¿Qué actitudes no “pasan” por la puerta? Juicios duros, chismes, doble vida, egoísmo en casa, indiferencia ante el pobre.

  • Y, al mismo tiempo, ¿qué rasgos de Abel viven en mí y Jesús quiere llevar a plenitud? Sed de justicia, mansedumbre, deseo de orar, necesidad de reconciliarme.

La puerta abierta por Cristo

El Señor no nos pide hazañas heroicas, sino fidelidad en lo pequeño. La puerta es estrecha, sí, pero está abierta; y quien la abre es Él.

No entramos solos: entramos con Jesús, que es la puerta y el camino.

Él no humilla lo herido: lo toma, lo sana, lo eleva. No aplasta nuestros deseos: los purifica y los ensancha hasta la medida del amor.

Hoy Jesús pasa por nuestra comunidad. Dejemos que su Palabra nos marque por dentro.

Entremos por la puerta estrecha de la verdad, de la misericordia y de la justicia. Pidamos la gracia de dejar fuera la ciudad de Caín —la lógica del miedo, del anonimato y de la injusticia— y de caminar hacia la Jerusalén de Dios, donde cada rostro es reconocido, cada herida es curada y cada vida se vuelve comunión.

Que así, paso a paso, la salvación siga aconteciendo en nosotros, hasta que Dios sea todo en todos.