Una palabra amiga

“La Verdad ha brotado de la tierra”

Celebrar la Natividad de la Virgen María es contemplar la aurora. No es aún el sol del mediodía —Cristo, “el Día del Día”—, pero sí la primera claridad que anuncia su salida. San Agustín, en el Sermón 189 sobre el nacimiento del Señor, nos ofrece un marco precioso para entender esta fiesta. Aunque predica sobre la Navidad de Cristo, sus intuiciones iluminan la “natividad” de quien hizo posible ese nacimiento: María.

Agustín abre diciendo: El Día que hizo todo día nos ha santificado este día… ¿Quién es este Día del Día sino el Hijo nacido del Padre, Luz de Luz? (Serm. 189, 1). El 8 de septiembre, la Iglesia mira a María como la aurora preparada por Dios para recibir al Día: su nacimiento señala que la salvación ya amanece en la historia.

María, “tierra” de la que brota la Verdad

Agustín une el misterio de Cristo con el de su Madre con palabras sencillas y poderosas: “Se revistió de carne y nació de la virgen María” (Serm. 189, 2). Y, para explicar el lugar de María, desciende al origen: “¿De dónde procede María? De Adán… Si María es tierra, reconozcamos lo que cantamos: La Verdad ha brotado de la tierra” (Serm. 189, 2).

La Natividad de María nos recuerda que Dios trabaja con nuestra arcilla: toma la “tierra” de la humanidad para hacer germinar en ella al Salvador. En María, “la Verdad ha brotado de la tierra y la Justicia ha mirado desde el cielo” (Serm. 189, 2). Su nacimiento es signo de esta confluencia: Dios se inclina (“la Justicia… desde el cielo”) y la humanidad, en María, ofrece el terreno bueno donde florece la redención.

Gracia que no es “propia”: aprender a recibir

Agustín insiste en que la salvación es don: “¿De dónde le viene al hombre el poder ser justo? ¿De sí mismo? ¿Qué pobre se da a sí mismo el pan?… Pues el justo vive de la fe” (Serm. 189, 2).

La vida de María, desde su mismo nacer, proclama que todo es gracia. Su existencia abre un camino de fe: no inventar una justicia “propia”, sino acoger la que Dios regala. Celebrar su Natividad es aprender a recibir: dejar que Dios fecunde nuestra historia como fecundó la suya.

Nació para que renaciéramos

El eje de la predicación agustiniana es nítido: “Si él no hubiera tenido generación humana, no llegaríamos nosotros a la regeneración divina: nació para que renaciéramos” (Serm. 189, 3).

La Natividad de María está ordenada a este propósito: preparar el renacimiento de todos. El camino de la Iglesia —y el nuestro— pasa por la casa de Nazaret. Por eso Agustín convierte la contemplación en decisión: “Su madre lo llevó en el seno; llevémoslo nosotros en el corazón… ella alumbró al salvador; alumbremos nosotros la alabanza. No seamos estériles; dejemos que nuestras almas las fecunde Dios” (Serm. 189, 3).

En la fiesta de hoy, María nos enseña a gestar a Cristo por la fe y a “alumbrar la alabanza” en obras concretas de caridad, paciencia y servicio.

La humildad que levanta

Agustín se detiene en la humildad del Verbo: “Estrecho era el establo; envuelto en pañales, fue colocado en un pesebre… El que llenaba el mundo no encontraba lugar en el establo; puesto en el pesebre, se convirtió en vianda para nosotros” (Serm. 189, 4).

María, nacida hoy para nosotros, es escuela de esa humildad: pequeña, disponible, pobre ante Dios. Y Agustín, con su audacia pastoral, nos invita a no temer nuestra pequeñez: “Acérquense al pesebre dos animales… no te avergüences de ser jumento para el Señor… Somos su montura, vamos a Jerusalén. Cuando él va sentado, no nos aplasta, nos levanta” (Serm. 189, 4).

La sencillez de María no aplasta; al contrario, levanta: hace sitio para que Cristo “se siente” en nuestra vida y la conduzca con suavidad hacia Jerusalén, la comunión con Dios.

De la admiración a la alabanza

Ante el misterio —“Concibe, y es virgen; da a luz, y sigue siendo virgen” (Serm. 189, 2)— Agustín nos educa: “Es Dios… pase la admiración, llegue la alabanza” (Serm. 189, 4).

La Natividad de María nos mueve justamente a eso: admirar la obra de Dios en una criatura y alabar al Autor. La mejor forma de festejarla es imitarla: escuchar la Palabra, creerla, guardarla, ofrecerle nuestra tierra para que la Verdad siga brotando.

Que en este 8 de septiembre la aurora de María nos despierte del sueño, como dice Agustín: “Estabas dormido y vino hasta ti; roncabas, y te despertó; te hizo un camino a través de sí para no perderte” (Serm. 189, 2). Y que, mirando su cuna, aprendamos a dejar que Dios fecunde nuestras almas para que la Verdad siga brotando hoy en nuestra tierra.

Fr. Antonio Carrón de la Torre, OAR

El cuadro que acompaña este texto es El nacimiento de la Virgen, obra del pintor Bartolomé Esteban Murillo, realizada originalmente en 1660 para la capilla de la Concepción de la Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla. Actualmente se encuentra en el Museo del Louvre de París, tras ser expoliada por las tropas napoleónicas.