Una palabra amiga

Fieles en lo pequeño: descubrir a Dios en la vida cotidiana

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En este comentario al Evangelio, Fray Luciano Audisio nos invita a mirar la parábola del administrador infiel desde la clave de la misericordia y la fidelidad en lo pequeño. Una enseñanza para descubrir a Dios en lo cotidiano, aligerar las cargas de los demás y vivir libres de la esclavitud de las riquezas convertidas en ídolos.

La parábola del administrador infiel

El Evangelio de este domingo nos plantea una pregunta profunda: ¿dónde está Dios en nuestra vida cotidiana? En medio de tantas ocupaciones materiales, de las tareas del trabajo, de la familia, de las responsabilidades pequeñas y grandes, ¿podemos encontrar a Dios?

Jesús nos ofrece una parábola provocadora: la del administrador infiel. Un hombre deshonesto que, a punto de ser despedido, actúa con astucia y reduce las deudas de quienes debían a su amo. No lo hace por generosidad, sino por interés propio.

Y, sin embargo, Jesús nos sorprende: incluso de este personaje podemos aprender. Porque, aunque movido por egoísmo, supo aliviar las cargas de los demás.

Administradores de lo que Dios nos confía

Aquí está la enseñanza: también nosotros estamos llamados a ser administradores de lo que Dios nos confía.

Y no vivimos en un mundo limpio ni perfecto: está lleno de injusticias, luchas de poder, intereses, escándalos. Pero incluso en ese contexto, nuestra misión es aligerar las cargas que otros llevan, hacer la vida más ligera, liberar en lugar de oprimir.

Todos sabemos lo que significa vivir bajo el peso de “deudas”: la exigencia de ser perfectos, la presión de responder a la mirada de otros, el estrés de no llegar a todo.

A veces corremos, como en las autopistas o en el metro, sin saber muy bien “a quién debemos pagar”. Jesús nos invita a cambiar esa lógica: a decir a quienes nos rodean que no nos deben tanto, que no están obligados a pagar con su vida, con su afecto o con su perfección.

Se trata de tratarnos con misericordia, ternura y comprensión.

Ser fiel en lo poco

El Evangelio añade otra clave preciosa: “quien es fiel en lo poco”. En griego, la palabra es πιστός (pistós), de la misma raíz que πίστις (pístis), “fe”.

Ser fiel en lo poco es tener fe en lo pequeño, vivir las cosas ordinarias con confianza en Dios. Ese es nuestro camino: descubrir al Señor en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo pequeño.

Por eso, la Eucaristía es la gran escuela de la fe. En un pedazo de pan y en unas gotas de vino está el misterio de Dios. Si aprendemos a encontrarlo allí, en lo poco, seremos capaces de reconocerlo luego en la vida de cada día: en el amor entre esposos, en el cuidado de los hijos, en la amistad, en el trabajo.

Y aunque a veces nos cueste, podemos hacer nuestra esta oración:

“Señor, ayúdame a verte allí donde me resulta más difícil reconocerte.”

No se puede servir a dos señores

El Evangelio termina con una advertencia clara: “No se puede servir a dos señores”.

No se puede servir a Dios y al dinero. Jesús usa la palabra μαμωνᾶς (mamonás), que designaba a la riqueza convertida en ídolo.

El gran obstáculo para ver a Dios en lo cotidiano es cuando absolutizamos lo material, creyendo que la salvación depende del dinero, del éxito o de las cosas. Pero lo creado no es Dios: es sacramento, es signo de su presencia.

Ser administradores fieles

Este es el salto de calidad en la vida cristiana: ser pistós, ser fieles en lo poco, vivir con fe lo pequeño, para que todo —lo grande y lo pequeño, lo sencillo y lo complejo— se convierta en lugar de encuentro con el Dios vivo.

Pidamos hoy la gracia de ser administradores fieles: capaces de aliviar cargas, de reconocer a Dios en lo pequeño y de liberarnos de la idolatría de las cosas, para vivir libres en el amor de Cristo.

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