En el marco del Año Jubilar de la esperanza, Fray Willmer Moyetones nos presenta a Santa Magdalena de Nagasaki, joven mártir agustina recoleta que supo peregrinar con fe y esperanza en tiempos de persecución. Su vida nos enseña que, incluso en medio del dolor, el amor a Cristo puede sostenerlo todo.
Una mujer que caminó con fe
Nos encontramos en el marco del Año Jubilar con el lema: “Peregrinos de la esperanza”. En este contexto, celebramos en la Orden una fiesta importante: la de Santa Magdalena de Nagasaki, una mujer que nos enseña, a hombres y mujeres de hoy, a peregrinar con esperanza, manteniendo la fe en Dios a pesar de las circunstancias de la vida.
Llamamos a nuestra santa “peregrina de la esperanza” porque esta joven, para salvar su vida y poder asistir y ayudar a sus hermanos en la fe, optó por una acción que, si bien podría parecer una apostasía —firmar en un templo pagano para disimular su cristianismo—, no era considerada en aquel tiempo como una falta irreversible. Bastaba con el arrepentimiento y volver a anunciar a Cristo en la clandestinidad.
Esta decisión le permitió sobrevivir en un momento crucial, cuando todos los frailes —agustinos recoletos y de otros carismas— estaban condenados a muerte por creer en Jesús, dejando espiritualmente huérfana a la comunidad cristiana.
Servidora en tiempos de persecución
Consciente de que sus hermanos se quedarían sin guía espiritual, Magdalena asumió la misión de acompañar a los cristianos que huían de la persecución hacia los montes. Hasta allí llegó para ser un instrumento de esperanza en medio de tanta desolación.
Iba de cueva en cueva, peregrinando con la noticia de la fe, con una palabra de aliento para quienes sufrían.
Fray Pablo Panedas, en su libro Santa Magdalena de Nagasaki, terciaria y catequista, sugiere que durante esos dos años la vida de nuestra santa debió ser muy similar a la de los misioneros: una vida itinerante, moviéndose discretamente, evitando los caminos principales y utilizando senderos y trochas a horas intempestivas, guiada por quienes conocían bien la zona.
Firme en la esperanza
Demostró una fuerza y esperanza extraordinarias para soportar el tormento, incluso después de catorce días sin comer.
Cuando le preguntaron cómo podía resistir tanto, respondió:
“No os canséis, que no he de morir de este tormento, porque el Señor, a quien adoro, me sustenta y siento una mano suave que, arrimada al rostro, me está aliviando el cuerpo.”
Viviendo los tormentos con alegría y serenidad, glorificando al Señor, se mantuvo firme, esperanzada y alegre, entregando su vida por la fe en Jesucristo.
La comunión de los santos
Finalmente, al morir, Magdalena puso su esperanza en la comunión de los santos, al dirigirse a los testigos de su martirio con estas palabras:
“Los que se quedan, encomiéndenme a Dios.”
A pesar de haber sufrido tanto en la tierra, confiaba plenamente en que las oraciones de los que permanecían en este mundo le ayudarían a gozar de la plenitud de la vida. Su fe la llevó a creer que la comunión con los santos supera la muerte, y que el amor no se rompe con el dolor, sino que se purifica en la esperanza.
Una peregrina para nuestro tiempo
Santa Magdalena de Nagasaki fue una mujer de fe, fortaleza y esperanza. Su vida, vivida en la clandestinidad, es testimonio de la fidelidad a Cristo en tiempos de persecución, pero también una invitación para nosotros: a no renunciar a la esperanza, incluso en medio de la prueba.
Su ejemplo nos recuerda que la fe se hace camino, y que peregrinar con esperanza es confiar en que Dios sigue actuando en la historia, también en nuestras “Samarías” personales, en medio del miedo o del silencio.
✍️ Fray Willmer Moyetones, OAR

