En esta Palabra Amiga, Fray Luciano Audisio nos conduce a la parábola del fariseo y el publicano, donde Jesús nos enseña la actitud correcta para orar: no desde el orgullo ni desde los méritos personales, sino desde la verdad del corazón, abiertos al perdón y a la misericordia del Padre.
La inquietud ante el silencio de Dios
El Evangelio de este domingo nos invita a reflexionar profundamente sobre la oración y sobre la verdadera relación que debemos cultivar con Dios en nuestra vida cotidiana. Muchas veces, al orar, surge en nosotros una inquietante duda:
“¿Hay alguien que realmente me escucha?”
A veces parece que hablamos al vacío, que nuestras palabras se pierden en el silencio del templo o en el silencio de nuestro propio corazón.
Sin embargo, la parábola que Jesús nos propone hoy nos enseña cuál es la actitud interior correcta para acercarnos al Señor, una actitud que no depende de méritos personales ni de rituales, sino de la sinceridad y la humildad del corazón.
Dos hombres, dos formas de orar
Nos encontramos en Lucas 18, donde Jesús presenta dos personajes que suben al templo a orar: el fariseo y el publicano.
Jesús recurre a las parábolas porque ellas nos ofrecen la libertad de entrar en ellas o permanecer afuera, y al mismo tiempo nos muestran un espejo en el que podemos contemplar distintos aspectos de nosotros mismos.
Para comprenderlas verdaderamente necesitamos pedir al Espíritu Santo la humildad suficiente para reconocernos en sus palabras, dejándonos transformar por ellas y permitiendo que hablen directamente a nuestro corazón y no solo a nuestra mente.
El fariseo: atrapado en su propio reflejo
El fariseo ora “vuelto hacia sí mismo” (πρὸς ἑαυτὸν). Cree ser justo, piadoso y superior a los demás, pero en realidad está atrapado en su propio ego, en la obsesión por la perfección y en la crítica hacia los otros.
Incluso su oración se convierte en un acto de vanidad: “Te doy gracias porque no soy…” (εὐχαριστῶ σοι ὅτι οὐκ εἰμὶ).
Pobre fariseo: lo único que puede decir es que “no es”, lo opuesto al nombre de Dios: “Aquel que es.”
Este contraste nos enseña que la fe no consiste en perfección moral ni en cumplir normas externas, sino en establecer una relación viva con Dios, un encuentro donde se experimenta su misericordia y su amor transformador.
El publicano: la oración que toca el corazón de Dios
El publicano, en cambio, nos muestra el camino verdadero. Era despreciado en su tiempo, considerado traidor y explotador, pero su oración es sencilla y sincera.
Consciente de su pecado, reconoce su necesidad de perdón y se abre a la misericordia de Dios. Es en esa humildad, en aceptar nuestra fragilidad y nuestra distancia de Él, donde podemos encontrarlo de manera real y transformadora.
“Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador.”
Dios no es un principio abstracto, ni un código moral, ni una técnica para sentirnos mejor; es una persona que nos ama hasta el extremo, que entrega su vida por nosotros y nos dice:
“Te amo más que a mí mismo; entre tu vida y la mía, elijo dar la mía para que tú vivas.”
Solo desde esta experiencia de ser perdonados podemos entrar plenamente en relación con Él y descubrir la verdadera alegría de vivir reconciliados y en paz.
El fariseo interior que todos llevamos
El fariseo también es, en el fondo, un ladrón: se apropia de privilegios, de elogios y de una imagen idealizada de sí mismo.
Todo aquello que critica en los demás refleja lo que no puede perdonarse ni aceptar de sí mismo. Ni siquiera puede aceptar el perdón de Dios, porque está atrapado en su deseo de perfección.
Solo quien reconoce su pecado puede recibir la misericordia y ofrecerla a los demás.
“Soy un pecador, un necesitado, un pobre hombre.”
En esa confesión descubrimos nuestra identidad más profunda: la de criaturas dependientes de Dios y del prójimo, llamadas a la humildad y a la apertura del corazón, conscientes de que solo en la relación con Él encontramos sentido verdadero.
Volver a casa justificados
Si deseamos que nuestra oración crezca y que nuestra vida interior dé un salto de calidad, debemos presentarnos ante Dios pidiendo perdón, reconociendo nuestras limitaciones y nuestras faltas.
Esa es la verdadera justificación:
“Volvió a su casa justificado” (Lc 18,14).
El publicano vuelve justificado, restablecido en la relación correcta con Dios, habiendo descubierto su misericordia y experimentando la libertad de ser amado y transformado.
Conclusión: orar desde la humildad
Que este Evangelio nos ayude a mirar nuestra vida interior con sinceridad, no para juzgarnos ni presumir de nuestras virtudes, sino para reconocernos necesitados, abrirnos al amor de Dios y dejarnos transformar por Él.
Vivamos cada día desde la humildad, la misericordia y la confianza en su abrazo que nunca nos abandona.

