Una palabra amiga

La resurrección: esperanza que transforma nuestra vida presente

En este comentario al Evangelio del domingo, Fr. Luciano Audisio profundiza en cómo Jesús revela que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, y nos llama a vivir desde ahora en la lógica del amor que vence a la muerte.

El Evangelio de hoy nos sitúa ante uno de los puntos más profundos y esenciales de nuestra fe: la resurrección de los muertos. Desde los orígenes del cristianismo, el anuncio pascual —“Cristo ha resucitado”— no ha sido solo la proclamación de un hecho ocurrido hace siglos, sino la certeza viva de que también nosotros, unidos a Él, resucitaremos. La resurrección no es un acontecimiento lejano, sino una realidad que atraviesa y transforma nuestra existencia presente. San Lucas nos presenta a Jesús en Jerusalén, enfrentando las preguntas de sus adversarios. Entre ellos están los saduceos, una élite religiosa que negaba la resurrección y toda forma de vida más allá de la muerte. Con ironía, le plantean a Jesús una situación absurda: una mujer que, según la ley del levirato, se casa sucesivamente con siete hermanos. “¿De cuál será esposa en la resurrección?”, le preguntan, intentando ridiculizar la esperanza en la vida eterna. Pero Jesús, lejos de esquivar la pregunta, la transforma en una revelación decisiva sobre Dios y sobre el ser humano.

La fe en la resurrección no estuvo presente desde los inicios de Israel. El pueblo de la alianza conoció a Dios primero como el liberador de Egipto, el que salva en la historia, el que devuelve la vida cuando todo parece perdido. En los comienzos, la salvación se comprendía en clave terrena: vivir muchos años, tener descendencia, poseer la tierra. Pero, poco a poco, Israel fue descubriendo que Dios no se limita a prolongar la vida, sino que crea vida allí donde no la hay. El profeta Ezequiel, en el capítulo 37, lo expresa con la visión de los huesos secos: “Abriré sus sepulcros y los haré salir de ellos” (Ez 37,12). Aquella imagen, que al principio representaba el retorno del exilio, se convirtió con el tiempo en un anuncio real de la victoria de Dios sobre la muerte. Durante la persecución de los Macabeos, esta esperanza alcanzó su madurez. Muchos israelitas prefirieron morir antes que renegar de su fe, convencidos de que “el Rey del universo los resucitará para una vida eterna” (2 Mac 7,9). Nacía así la certeza de que Dios no abandona a sus fieles ni siquiera en la muerte; que el amor y la fidelidad de Dios son más fuertes que la tumba.

En contraste con esta esperanza, los saduceos encarnan una visión cerrada, incapaz de imaginar algo más allá de los límites de esta vida. Su historia de la mujer y los siete hermanos —donde el número siete, símbolo de la creación, se convierte en signo de destrucción y de muerte— es una anti-narración, una especie de parodia de la fe. Pero detrás de su pregunta se esconde una angustia existencial. No existen preguntas neutrales: toda duda intelectual oculta un miedo o un deseo. En el fondo, los saduceos representan al hombre moderno que teme la muerte y, por eso, la niega; que no puede aceptar la existencia de una vida más allá porque no se atreve a confiar en el poder creador de Dios.

Jesús acoge el desafío de los saduceos y responde con una visión mucho más profunda del matrimonio y de la vida misma. Les hace comprender que el matrimonio no puede reducirse a una cuestión de supervivencia biológica ni a la mera necesidad humana de compañía o pertenencia. En su sentido más verdadero, el matrimonio es una comunión de vida, una entrega mutua en la que cada uno se dona por entero al otro. Cuando se lo concibe solo desde criterios prácticos o sociales, se desvirtúa su sentido más hondo: ser signo del amor creador y gratuito de Dios. Jesús eleva así la discusión a una perspectiva trascendente. No se trata simplemente de organizar la vida terrena, sino de comprender que todos estamos llamados a participar de la vida en plenitud. Por eso, remite al episodio de la zarza ardiente, cuando Dios se revela a Moisés como el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” (cf. Ex 3,6). Con esta referencia, Jesús transforma por completo el sentido del diálogo: el Dios que se manifestó a Moisés no es un Dios de muertos, sino de vivos. Su presencia ardiente e inextinguible es signo de una vida que no puede ser contenida por la muerte.

Como Moisés ante la zarza, también nosotros somos llamados y enviados: enviados a liberar, a encender esperanza donde reina la esclavitud, a devolver vida donde parece haber solo ceniza. En esta misión se revela el sentido profundo de la resurrección. La vida, en su dinamismo más auténtico, es ya un proceso de resurrección: una vocación constante a pasar —y a hacer pasar a otros— de la muerte a la vida. Este es, en definitiva, el verdadero significado del matrimonio y de toda existencia humana: vivir en la lógica del don, en el amor que no muere. En cada entrega sincera se anticipa la promesa de la resurrección, la certeza de que, en Cristo, seremos conducidos hacia la plenitud de la vida que no tiene fin.

Hoy Jesús nos invita a mirar más allá de nuestras pequeñas seguridades y temores. Nos recuerda que Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, y que en Él todos vivimos. Creer en la resurrección es creer que nada bueno se pierde, que todo lo que amamos en verdad será transfigurado en Dios. Pidamos al Señor que avive en nosotros esta esperanza: que no temamos a la muerte, que sepamos vivir con los ojos puestos en la vida que no acaba, y que, mientras caminamos en este mundo, ayudemos a otros a pasar —con nosotros— de la muerte a la vida.

 

Fr. Luciano Audisio, OAR