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Escuchar a quienes están en primera línea: recuperar la acción climática desde lo humano

En el marco de la COP30, Fray Jazrael “Tagoy” Jakosalem, OAR, consejero general de la Orden de Agustinos Recoletos y presidente de ARCORES Internacional, participa como representante de la familia agustino recoleta en este encuentro mundial. Desde allí comparte una reflexión inspirada en el pensamiento del papa Francisco y en su propia experiencia en Filipinas, donde los efectos del cambio climático golpean con fuerza a las comunidades más vulnerables.

Todo está interconectado

La frase del papa Francisco —«Todo está interconectado»— sirve como punto focal profundo y esencial para la Conferencia de las Partes (COP) de la CMNUCC, especialmente ahora que nos enfrentamos a la compleja red de crisis ecológicas.

Este concepto va más allá de considerar el cambio climático como un problema atmosférico aislado, y nos obliga a realizar una evaluación holística de la destrucción medioambiental, reconociendo el vínculo indivisible entre la salud del planeta, la justicia social y la estabilidad económica.

Aceptar esta interconexión implica reconocer que la destrucción de una selva tropical, la contaminación de un océano o el desplazamiento de las comunidades indígenas no son tragedias aisladas, sino síntomas de un desequilibrio sistémico que amenaza el bienestar humano.

La acción climática no se limita a la mitigación: es restablecer la armonía con el mundo natural.

El rostro humano de la injusticia ecológica

Los devastadores golpes de los supertifones Tino y Uwan en Filipinas muestran que el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad actual.

El aumento de la temperatura de la superficie del mar —provocado por el calentamiento global— inyecta más energía y humedad a los ciclones tropicales, volviéndolos cada vez más destructivos.

El coste humano es abrumador: muertes, heridos y millones de desplazados. Comunidades enteras, como las de Visayas y Luzón, viven en la primera línea de una crisis que no provocaron.

Por eso, en la COP30, las organizaciones de la sociedad civil reclaman ir más allá de las negociaciones técnicas y poner el sufrimiento humano en el centro del diálogo climático, exigiendo acciones concretas, financiación para pérdidas y daños, y justicia para los pueblos más afectados.

Pérdidas, daños y corrupción climática

En esta COP, que marca el décimo aniversario del Acuerdo de París, la adopción firme del marco de pérdidas y dañoses un imperativo moral y existencial.

Sin un fondo operativo que repare los impactos inevitables del cambio climático, la destrucción seguirá afectando desproporcionadamente a las naciones vulnerables.

Sin embargo, la experiencia de Filipinas revela una verdad incómoda: la corrupción también puede contaminar los mecanismos climáticos.

En un contexto donde fondos estatales destinados a la resiliencia han sido desviados o mal gestionados, la ayuda climática corre el riesgo de convertirse en injusticia climática.

La corrupción climática no es solo un despilfarro fiscal: es mortal.

El verdadero compromiso global con la financiación climática debe incluir transparencia y gobernanza responsable, porque sin justicia social no habrá justicia ambiental.

El llamamiento indígena

La COP30 debe escuchar con seriedad el clamor de los pueblos indígenas, que reclaman justicia climática basada en derechos humanos.

Como expresó Mari Luz Canaquiri, defensora de la Amazonía peruana:

“No debemos seguir hablando de la ciencia del cambio climático, sino centrarnos en cómo sufrimos nosotros, los pueblos indígenas, y nuestra naturaleza.”

Estos pueblos —guardianes del 80 % de la biodiversidad mundial— piden respeto a sus territorios, financiación directa y protección frente a la violencia ambiental.

La acción climática debe pasar de los discursos científicos abstractos a las historias humanas concretas de quienes custodian la vida.

Escuchar el grito de la Tierra y el grito de los pobres

El papa Francisco, en Laudate Deum, advierte del peligro de la “apariencia de preocupación” sin verdadera acción:

“No basta con aparentar preocupación; hace falta el valor de producir cambios sustanciales” (LD, 56).

Esta llamada interpela tanto a los líderes políticos como a los ciudadanos: no basta con declaraciones simbólicas. Urge una conversión ecológica que transforme nuestras estructuras económicas y sociales.

Avanzar “más allá de la mentalidad de las apariencias” significa asumir un compromiso real para desmantelar el statu quo, reducir la dependencia de los combustibles fósiles y priorizar el bien común sobre los beneficios a corto plazo.

Solo así podremos escuchar verdaderamente el grito de la Tierra y el grito de los pobres, los dos rostros inseparables de una misma crisis.

✍️ Fray Jazrael “Tagoy” Jakosalem, OAR

Consejero general y presidente de ARCORES Internacional