El 13 de noviembre, fiesta del nacimiento de san Agustín, la familia agustino recoleta renueva su deseo de santidad mirando a sus santos y beatos, recordando que la santidad está aquí, en el camino de cada día.
Una historia de santidad que sigue viva
El 13 de noviembre celebramos el nacimiento de san Agustín. Y cada año, cuando llega esta fecha, algo dentro de nosotros se vuelve a encender. No celebramos solo el día en que vino al mundo el gran obispo de Hipona; celebramos también el comienzo de una historia de santidad que no ha dejado de multiplicarse a lo largo de los siglos. Celebramos una familia espiritual que sigue viva, que sigue inspirando, que sigue enviándonos al camino con el corazón inquieto.
Porque la santidad —esa palabra que tantas veces imaginamos lejana— en la familia agustiniana tiene rostros muy concretos: hombres y mujeres que se dejaron alcanzar por Dios y que respondieron con la vida entera. Y hoy, al recordar a Agustín, sentimos que es un buen día para pedir su misma gracia: queremos ser santos.
Desde Agustín comienza todo. Él fue ese buscador incansable que atravesó dudas, heridas y caminos torcidos hasta descubrir, casi sin darse cuenta, que Dios había estado siempre llamándole desde dentro. Su vida como seguidor de Cristo no empezó cuando encontró la verdad, sino cuando decidió dejarse encontrar por ella. Desde entonces nos enseñó a vivir con un corazón inquieto, siempre en búsqueda, siempre en camino hacia el Amor.
La familia agustino recoleta se abre como un gran mosaico de vidas entregadas. Cada rostro, una historia. Cada si es una oportunidad de seguirle y hoy festejamos eso, nuestro llamado a la santidad.
Vidas que sostienen nuestro caminar
A su lado, como en toda buena historia, aparece la figura silenciosa y fuerte de santa Mónica. Una mujer que oró sin cansarse, que esperó sin desesperar, que creyó cuando nadie creía. Si hoy seguimos encontrando madres Mónicas en nuestras comunidades es porque su ejemplo sigue vivo: mujeres que sostienen la fe de sus hogares, que acompañan, que siembran lágrimas convertidas en esperanza.
San Ezequiel Moreno, por ejemplo, nos habla de una santidad que se desgasta. Amó hasta el extremo, especialmente entre los enfermos y los pobres. Su vida nos enseña que la fidelidad se hace luminosa precisamente en medio de la fragilidad, cuando el dolor no ahoga el amor sino que lo purifica.
Santa Magdalena de Nagasaki nos recuerda que la fe, para ser auténtica, necesita valentía. Defendió a Cristo aun cuando todo a su alrededor estaba marcado por la persecución. En ella reconocemos a tantos laicos y fraternos seglares que, con sencillez y firmeza, viven su fe en ambientes difíciles, sin renunciar a la caridad ni a la verdad.
Y cómo no pensar en santa Rita de Casia, la santa de lo imposible, que obedeció la voz de Dios en medio del dolor y de los perdones que cuestan. Su vida es la memoria viva de que el Evangelio sigue abriendo caminos donde parecía no haber salida.
También nos inspira fray Jenaro Fernández, hombre de gobierno, de trabajo silencioso, de estudio fiel y oración constante. Su recuerdo nos lleva a tantos frailes que sostienen la vida de la Orden desde la invisibilidad del servicio.
Y nos encontramos con monseñor Alfonso Gallegos, pastor de los que más lo necesitaban, que supo caminar a la velocidad del pueblo y ofrecer su vida por quienes acompañaba. En él vemos a tantos frailes que, en parroquias del mundo entero, siguen haciendo de su entrega un hogar para los heridos del camino.
El beato Esteban Bellesini nos lleva a las aulas, donde descubrió un lugar privilegiado para evangelizar. Su vida es estímulo para todos los educadores de nuestra Red EDUCAR, que anuncian cada día el amor de Dios en el gesto sencillo de enseñar.
Una vocación compartida y fecunda
No podemos olvidar a san Alipio y san Posidio, los amigos que Agustín necesitó para sostener su vocación. Ellos siguen vivos en cada joven de la JAR que aprende que la amistad verdadera es un camino seguro hacia Dios.
Y, en tierras amazónicas, la entrega de Clesua Coello resuena como un río que no deja de moverse. Su martirio y su servicio a las comunidades indígenas de Brasil son luz para nuestros misioneros, esos frailes que navegan ríos, cruzan montañas y llevan a Cristo hasta los confines del mundo, confiando cada día en la Providencia.
Todas estas vidas —las conocidas, las canonizadas, las silenciosas— forman una sola historia: la historia de la santidad agustiniana y agustino recoleta. Una santidad que no se mide por los milagros visibles, sino por la capacidad de dejar que Dios haga su obra en nosotros.
Por eso, en este 13 de noviembre, mientras celebramos el nacimiento de san Agustín, volvemos a decir con humildad y con deseo profundo: queremos ser santos. Queremos vivir con el corazón encendido. Queremos que la inquietud de Agustín, la oración de Mónica, la entrega de Ezequiel, la valentía de Magdalena, la esperanza de Rita y la fidelidad de tantos hermanos nos impulsen a construir, día a día, la Ciudad de Dios.
Porque la santidad no está lejos. La santidad está aquí, en este camino que recorremos juntos. Y Dios nos sigue diciendo: “Ven. Te quiero santo”.


