Actualidad | Una palabra amiga

Cuando todo se derrumba: Dios permanece fiel

En esta Palabra Amiga, Fray Luciano Audisio nos invita a leer el Evangelio desde una clave de esperanza: cuando nuestras estructuras, certezas o seguridades se tambalean, es entonces cuando la fidelidad de Dios brilla con más fuerza.

Un templo que se derrumba… y un corazón que se revela

El Evangelio de hoy nos confronta con una crisis profunda. Jesús, al contemplar el templo de Jerusalén —esa obra majestuosa que representaba el orgullo y la identidad del pueblo—, pronuncia unas palabras que estremecen:

«De esto que ven, no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.»

No es solo una profecía sobre el fin del templo; es una revelación sobre el corazón humano.

Todos, de algún modo, construimos templos: imágenes de seguridad, estructuras donde creemos encontrar estabilidad, certezas que nos hacen sentir que todo está bajo control. Pueden ser instituciones, éxitos, roles o incluso formas religiosas que nos dan identidad. Pero Jesús nos advierte: todo lo que no está cimentado en la fidelidad de Dios acabará por caer.

Jesús no destruye: purifica. Invita a mirar más allá de las apariencias para descubrir lo único que permanece: su amor fiel y su promesa que no falla.

La pregunta que nace del miedo: ¿cómo defendernos de la pérdida?

Los discípulos, inquietos, preguntan:

«¿Cuándo ocurrirá esto? ¿Cuál será la señal?»

Es la misma pregunta del corazón humano que teme perder el control: ¿Qué hago para no sufrir?,  ¿Cómo sostenerme cuando algo se derrumba?

Pero Jesús no responde con señales tranquilizadoras. Nos prepara para el despojo, para el tiempo en que muchas cosas caerán.

También nosotros vivimos un tiempo en que muchas seguridades están cayendo: en la Iglesia, en la sociedad, en nuestra vida personal.

Cristo nos enseña a mirar estos derrumbes no como fracaso, sino como kairós, un tiempo de gracia en el que podemos volver a poner nuestra esperanza en Aquel que no pasa.

No todas las voces que dicen “yo soy” vienen de Cristo

En medio de la fragilidad, Jesús advierte:

«Vendrán muchos en mi nombre diciendo: Yo soy, y el tiempo está cerca.»

Hoy también hay voces que se presentan como salvadoras, discursos fáciles que prometen soluciones inmediatas sin cruz, sin espera, sin conversión.

El Evangelio nos llama al discernimiento: no toda voz religiosa es la voz del Señor.

Solo quien permanece en el amor, en la verdad y en la humildad puede hablar realmente en su nombre.

La crisis que pasa por el corazón

Jesús va más allá:

«Seréis llevados ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.»

Aquí la crisis deja de ser exterior y se hace íntima. La fe se vuelve decisión, testimonio, entrega. Ya no es comodidad, sino fidelidad.

Pero Jesús promete:

«Yo os daré palabras y sabiduría.»

No estamos solos en la prueba. Su Espíritu nos sostiene, incluso cuando nuestra fuerza flaquea.

La crisis como escuela de esperanza

Este Evangelio no es anuncio de desgracias, sino escuela de esperanza. Ser testigos —ser mártires— no es buscar el sufrimiento, sino permitir que el Espíritu Santo transforme nuestra fragilidad en fidelidad. Cuando todo se derrumba, el amor permanece. Y el amor es Cristo, el fundamento que no cae.

La verdadera libertad

La crisis nos conduce a la verdadera libertad: la libertad de quien no teme perderlo todo porque ha encontrado lo esencial.

Como san Pablo:

«Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.»

Que esta Palabra nos enseñe a mirar con fe el tiempo que vivimos. Si nuestras seguridades se desmoronan, si la Iglesia atraviesa momentos de purificación, si nuestra vida experimenta pérdidas… no tengamos miedo: es el Señor quien nos conduce.

Que, entre las ruinas de nuestras falsas seguridades, resplandezca la piedra viva que nunca se derrumba: Cristo, nuestra esperanza.