Santo Tomás de Villanueva (1486–1555) es recordado como uno de los grandes modelos de la Familia agustiniana, destacado por su profunda caridad y generosidad. Nacido en Fuenllana, un pequeño pueblo de la provincia de Ciudad Real (España). Su infancia estuvo marcada por el ejemplo de sus padres y maestros en compasión hacia los necesitados. De hecho, desde niño mostró un corazón desprendido: más de una vez regresó a casa sin ropa porque se la había entregado a los pobres que encontraba, a pesar de que su familia era acomodada. Esta temprana sensibilidad hacia los desfavorecidos le valió con el tiempo los apelativos de “Limosnero de Dios” y “Arzobispo de los pobres”, reflejando la misión de servicio que definiría toda su vida.
Vocación y vida como fraile agustino
Tomás estudió artes y teología en la Universidad de Alcalá, donde obtuvo una sólida formación humanística. Sin embargo, sintiendo el llamado religioso, ingresó en 1516 en el convento agustino de Salamanca y profesó sus votos como fraile el 25 de noviembre de 1517. Fue ordenado sacerdote al año siguiente y pronto comenzó a desempeñar responsabilidades importantes dentro de la Orden: sucesivamente fue maestro, prior de su convento, visitador general e incluso prior provincial en las provincias agustinas de Andalucía y Castilla. Quienes lo conocieron en esta etapa destacan su empeño en la vida comunitaria y en la observancia de la regla, combinando una gran inteligencia práctica con humildad y espiritualidad profunda.
Su estilo de vida como fraile era austero hasta el extremo. Se cuenta que vendió el humilde jergón de paja en el que dormía para así obtener dinero que dar a los necesitados. Nada de lujos personales: Tomás encarnaba el ideal agustino de vivir con sencillez evangélica. Al mismo tiempo, predicaba con fervor y claridad, alcanzando fama de gran orador sagrado. El mismo emperador Carlos V, quien asistía a sus sermones, exclamó admirado: “¡Este monseñor puede mover incluso las piedras!”, subrayando el impacto que sus palabras tenían en el público. Sin embargo, más elocuente aún que sus sermones fue su testimonio de vida: para Tomás, la auténtica caridad exigía no solo dar limosnas, sino ayudar a los pobres a salir realmente de la miseria. En sus escritos dejó sentencias que reflejan esta visión: “La caridad no solo es dar, sino sacar de la necesidad al que la padece y librarla de ella cuando fuere posible”, enseñaba, destacando que la ayuda debía buscar soluciones de fondo y no meramente paliativos momentáneos.
La entrega de fray Tomás trascendió fronteras. En 1533, durante su servicio como provincial, envió a los primeros misioneros agustinos al Nuevo Mundo, despachando un grupo de frailes hacia México para llevar allí el Evangelio. Esta decisión lo convierte en pionero de la misión agustiniana en América, demostrando su celo apostólico y visión universal de la caridad. También fue nombrado confesor y consejero espiritual del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cargo desde el cual mantuvo su sencillez, sabiendo que confesaba al hombre más poderoso de la cristiandad.
Arzobispo de Valencia y “Padre de los pobres”
En 1544, la reputación de santidad y sabiduría de Tomás llevó a que Carlos V lo propusiera como arzobispo de Valencia, diócesis que llevaba más de un siglo sin un pastor residente. Tomás, fiel a su humildad, inicialmente se resistió con todas sus fuerzas a aceptar tal dignidad, llegando a suplicar ser excusado. Solo cuando sus superiores religiosos se lo ordenaron bajo santa obediencia, accedió a asumir el cargo episcopal. Incluso entonces, permaneció fiel a su espíritu austero: cuenta la tradición que llegó a Valencia de incógnito una noche lluviosa, acompañado solo de otro fraile, y pidió posada en el convento agustino local como cualquier religioso itinerante, diciendo que le bastaba con dormir sobre una estera en el suelo. Al descubrir los frailes quién era aquel huésped humilde, quedaron atónitos; Tomás, que ahora era su arzobispo, daba así ejemplo de sencillez desde el primer momento.
Al tomar posesión de la archidiócesis, la prioridad de Tomás de Villanueva fue atender a los más pobres y reformar la vida del clero y del pueblo. Encontró una diócesis con grandes retos materiales y espirituales, y se propuso revitalizarla en todos los frentes. Renunció a cualquier beneficio personal de su posición: cuando los notables de Valencia le ofrecieron el tradicional obsequio de bienvenida –unas 4.000 monedas de plata–, el nuevo arzobispo las destinó íntegramente a los hospitales y obras de caridad, declarando que “los pobres necesitan esto más que yo. ¿Qué lujos y comodidades puede necesitar un sencillo fraile como soy yo?”. Este gesto inicial marcó la pauta de su gobierno pastoral.
Como arzobispo, Tomás continuó viviendo prácticamente como un fraile y convirtió el palacio episcopal en un refugio de caridad. Cada día, acudían centenares de personas necesitadas a las puertas de su casa, y él había dado orden de que nadie se marchase con las manos vacías. Repartía alimentos, ropas, dinero, medicinas, lo que hiciera falta. Sentía especial compasión por los colectivos más vulnerables: atendía personalmente a los enfermos, acogía a niños huérfanos y se preocupaba por las jóvenes pobres. De hecho, se cuenta que en los once años que duró su arzobispado, logró que no hubiera en toda la ciudad ninguna muchacha pobre sin dote para casarse, pues él mismo les proporcionaba un ajuar o ayuda económica llegada la ocasión. Organizó la asistencia social de la diócesis de forma eficaz y permanente, creando colegios para niños abandonados y estructuras de auxilio para los más necesitados. Sus prioridades estaban claras: los bienes de la Iglesia debían servir al pueblo, no al clero. Repetía a los ricos y pudientes su deber grave de socorrer con sus excedentes a los que nada tienen, instándoles a usar su dinero en ayudar al prójimo en vez de en lujos inútiles.
Tomás predicaba con el ejemplo y con la palabra. En sus sermones, exhortaba sin descanso a la misericordia activa. “Si quieres que Dios escuche tus oraciones, escucha la voz de los pobres”, clamaba, “si quieres que Dios se anticipe a tus deseos, provee a los necesitados sin esperar a que te lo pidan. Anticipa las necesidades de aquellos que se avergüenzan de mendigar… Hacer que pidan limosna es hacer que la compren”. Con este lenguaje claro enseñaba que la verdadera religión implicaba justicia social y compasión concreta. Incluso frente a quienes le criticaban por “dar demasiado” o por ayudar indiscriminadamente a vagabundos, santo Tomás respondía que su primer deber era no negar auxilio a quien lo necesitara, estando en su mano el poder hacerlo, y que si alguien abusaba de la caridad, “ya responderá ante Dios” por ese mal uso. De esta manera defendía la primacía de la misericordia sobre cualquier juicio humano.
Generosidad hasta el final de sus días
La vida de santo Tomás de Villanueva fue coherente hasta el final. En septiembre de 1555, sintiendo cercana la hora de su muerte, sufrió una angina de pecho grave. Fiel a sus convicciones de desprendimiento total, dispuso inmediatamente que se repartiera entre los pobres toda la limosna y el dinero que quedara en su casa. No quería dejar nada que fuera suyo, ni siquiera en esos últimos momentos. De hecho, la tradición señala un detalle estremecedor y significativo: Tomás ya no tenía ni cama propia en la que morir, pues la única cama que usaba la había regalado a un necesitado antes de expirar. Así se cumplía literalmente en él aquel ideal evangélico de pobreza radical. El santo llegó a decirles a quienes lo rodeaban: “Si me halláis, señores, al tiempo de mi muerte un real, tened mi alma por perdida y no me enterréis en sagrado”, es decir, que consideraría en peligro su salvación si moría poseyendo siquiera una moneda. No fueron palabras vacías: partió de este mundo sin bienes materiales, rico solo en misericordia y en confianza en Dios.
Un óleo del siglo XVII representa a santo Tomás de Villanueva como arzobispo repartiendo limosna. Lleva una bolsa de dinero en la mano, símbolo de la caridad que practicó incansablemente con los más pobres.
Según relatan sus biógrafos, en sus últimos instantes Tomás pidió que se celebrara la Santa Misa en su habitación. Al terminar la Eucaristía, exclamó con paz y júbilo: «¡Qué bueno es Nuestro Señor! A cambio de que lo amemos en la tierra, nos regala Su cielo para siempre». Fueron sus palabras de despedida antes de entregar el alma, el 8 de septiembre de 1555, a la edad de 66 años. Moría el fraile arzobispo en la misma pobreza con que había vivido, llorado por ricos y pobres por igual, quienes sintieron haber perdido a un verdadero padre.
La huella de santo Tomás de Villanueva perduró mucho más allá de su muerte. Su ejemplo de obispo santo, sabio y misericordioso caló hondo en la Iglesia de su tiempo, hasta el punto de que fue beatificado en 1618 y canonizado en 1688. Hoy la Iglesia celebra su fiesta el 10 de octubre y lo propone como modelo de pastor diligente y “padre de los pobres”. Su vida demuestra hasta dónde puede llegar la generosidad cuando se vive el Evangelio sin concesiones: Tomás dio todo lo que tenía, hasta su propia cama, por amor a Dios en los necesitados. Y esa entrega total lo inscribe para siempre en la lista de los grandes santos de la caridad.

