En esta reflexión dominical, Fray Luciano Audisio medita sobre la parábola del juez injusto y la viuda, que Jesús propone para enseñarnos a “orar siempre sin desanimarse”. Una lección de fe y esperanza: cuando Dios parece callar, en realidad nos está enseñando a amar con más pureza y confianza.
La oración que sostiene la vida
La liturgia de este domingo nos presenta una parábola que solo Lucas conserva: la del juez injusto y la viuda. Jesús la propone “para enseñar que es necesario orar siempre sin desanimarse”.
No se trata de repetir palabras sin descanso, sino de mantener el corazón en diálogo constante con Dios. Orar siempre significa vivir en su presencia, dejar que toda la vida se vuelva oración.
“Cuando oramos, la vida se eleva; cuando dejamos de hacerlo, el alma se debilita.”
Como Moisés en el monte, que sostenía en alto las manos mientras el pueblo combatía, la oración es lo que mantiene viva nuestra esperanza. No es un lujo para los piadosos, sino una necesidad vital del creyente.
Un juez injusto y una enseñanza sorprendente
Jesús, con su habitual sabiduría, no presenta un ejemplo luminoso, sino provocador: un juez que “ni teme a Dios ni le importan los hombres”.
Es una figura antipática, símbolo de todo lo que no debería ser un juez. Pero Jesús utiliza esta imagen para ayudarnos a purificar nuestra idea de Dios.
A veces, dentro de nosotros, permanece una visión distorsionada del Señor: la de un juez lejano, severo, que parece no escuchar. Esta parábola nos confronta con esa tentación.
“Incluso si Dios fuera como ese juez —lo cual no es—, terminaría escuchando.”
El silencio de Dios y la pedagogía del amor
¿Por qué el Señor no responde enseguida a nuestras súplicas? San Ignacio de Loyola decía que Dios a veces guarda silencio para hacernos crecer.
Quiere que pasemos de buscar los dones de Dios a buscar al Dios de los dones. En la espera, nuestro corazón aprende a amar de manera más pura, sin cálculo ni impaciencia.
Otras veces, el aparente silencio divino nos recuerda que todo en la vida es gracia. No somos autores de los dones que recibimos; todo nos llega gratuitamente.
“La demora de Dios no es ausencia: es pedagogía. Nos educa para la gratitud y para la confianza.”
La viuda: imagen del alma creyente
La figura de la viuda encierra una profunda belleza. Representa a quien ha perdido la relación más importante de su vida y vive con un deseo que no se apaga.
Esa viuda es el alma humana: todos llevamos dentro la nostalgia de un amor que dé sentido pleno a nuestra existencia.
Orar es mantener viva esa nostalgia, esa espera.
“Tener el corazón de la viuda significa no resignarse al vacío, sino convertir la falta en esperanza.”
Creer que, aunque la respuesta tarde, el Esposo vendrá; que el amor de Dios no se olvida, aunque a veces parezca oculto.
La fe que persevera
Por eso Jesús concluye con una pregunta que atraviesa los siglos:
“Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”
No pregunta si encontrará templos o ceremonias, sino fe. Fe que persevera, fe que espera, fe que ora incluso en la noche.
Quizá muchos hemos experimentado ese silencio de Dios que desconcierta, pero el Evangelio nos invita a no cansarnos, a seguir llamando.
“La oración no cambia a Dios: nos cambia a nosotros.”
Nos abre a su modo de amar, nos enseña a confiar, nos prepara para recibir.
La fuerza de la perseverancia
Al final, la viuda no vence por su fuerza, sino por su perseverancia. Así también nosotros: no necesitamos gritar más fuerte, sino confiar más profundamente.
Dios no se deja convencer por insistencia, sino que se conmueve por amor. Y ese amor —fiel, paciente y silencioso— es la verdadera justicia que colma toda espera.


